Mi hijo pega: por qué lo hace y qué ayuda de verdad

Niña de unos tres años de pie sola en un arenero, apretando una pala de juguete con la mano y mirando hacia un lado con gesto tenso

Le quitan la pala del cubo y, antes de que te dé tiempo a cruzar el arenero, ya ha empujado. El otro niño está en el suelo llorando. Su madre te mira. Tú miras a tu hijo, que sigue con la pala en la mano y cara de no entender por qué se ha armado esto.

Y en la cabeza, la pregunta de siempre: en casa no le enseñamos eso.

Esto va sobre todo de niños de dos y tres años, que es cuando más aparece; donde algo cambia con cuatro o cinco, se dice.

Pega porque le funciona

A esos años, empujar es la herramienta más rápida y eficaz del repertorio. Le devuelve la pala en menos de un segundo, y de paso consigue que el niño que le estaba respirando en la nuca se aparte. Pedirlo o esperar turno tarda mucho más y a veces no funciona.

Mientras pegar siga siendo lo que mejor le resuelve el momento, prohibirlo no basta. Le cuesta mucho menos dejarlo cuando tiene otra cosa que le funcione parecido de rápido, y eso se construye fuera del conflicto.

Además tiene una curva conocida: la mayoría empieza en el segundo año, la frecuencia hace meseta entre los dos y los tres y baja despacio desde ahí. Para casi todos, lo que estás viendo significa que ha llegado justo a la edad en la que aparece. Hay una minoría en la que no baja, y para eso está la lista de señales del final.

Qué está intentando conseguir

A veces quiere algo: el juguete que tiene otro, el turno en el tobogán. Va a por un objetivo concreto y está tranquilo, así que lo que toca es enseñarle a pedirlo y que el empujón no le devuelva el objeto.

Otras quiere que algo pare, y por fuera se parece muchísimo. Si los empujones salen al final de un día largo o al salir de sitios llenos de gente, probablemente sea saturación antes que disputa. Ahí enseñarle a pedir no sirve, porque no está pidiendo nada: hay que bajarle el volumen al día antes de que llegue al límite. Y si le pasa mucho antes que al resto de los niños de su edad, mira si es de los que se saturan con facilidad.

Y otras está desbordado y ya no elige, dentro de una rabieta. Ese empujón no se corrige en el momento: se para, se sostiene y se habla cuando ha vuelto. Lo que pasa por dentro en esos minutos está en rabietas: lo que ocurre en el cerebro de tu hijo.

Y está el caso que suele preocupar de más, el niño que pega a su padre o a su madre. La explicación habitual es que pega donde se siente seguro y suelta ahí lo que aguantó fuera; encaja con lo que ven muchas familias, aunque no está bien medido. Se para igual que cualquier otro.

Los diez segundos siguientes

Casi nunca llegas a tiempo. Estás a cuatro metros, de espaldas o hablando con alguien, y cuando te giras el golpe ya está dado. Así que el orden importa más que la velocidad.

Si llegas antes, para la mano. Con la tuya, con suavidad y sin apretar, o poniéndote entre los dos niños. Un golpe que llega hasta el final le confirma que el método funciona.

Si ya está dado, ve primero al que lo ha recibido. Agáchate con el niño que llora y ocúpate de él. Si su madre o su padre ya están ahí, basta con acercarte, preguntar cómo está y no salir corriendo. Tu hijo ve la escena entera, y esa escena le cuenta lo ocurrido mejor que cualquier cosa que le digas ahora.

Luego, una frase corta y siempre la misma. «No dejo que pegues.» Cuatro palabras en voz baja y punto, sin preguntas ni «¿te gustaría que te lo hicieran a ti?». Si te enrollas, lo que se lleva es que pegar te consigue a ti entero durante un buen rato.

El objeto vuelve. Si consiguió la pala pegando, la pala se devuelve, y puedes dársela tú al otro niño: «Esto lo tenía él.» Cuenta con que se enfade justo entonces y aguanta ese enfado: ahí se decide si el método le sigue sirviendo.

Y con el público, poco. Un «lo siento, estoy con ello» basta. Las explicaciones largas al corrillo son para nosotros: se pagan en tiempo que no le das a ninguno de los dos niños, y delante de él convierten aquello en una escena sobre quedar mal.

Si aun así sigue, os vais, sin discurso de camino. Y si sales del parque con ganas de llorar, eso no dice nada de ti: acabas de sostener una escena con media docena de personas mirando.

La reparación, que no es pedir perdón

El «pide perdón» automático es la salida rápida, y sobre todo la que nos calma a nosotros delante de los demás padres. Lo que aprende el niño es la fórmula: hay una palabra que cierra el asunto y le devuelve la libertad de movimientos. Nadie ha demostrado que eso le haga daño, pero cuesta ver qué le enseña.

Repara mejor haciendo algo: acercarle el juguete al otro niño o ayudarle a levantarse. Es concreto y está a su alcance con dos años.

Niño de unos tres años arrodillado en la arena acercándole un cubo de juguete a otro niño sentado frente a él

Y hay un malentendido que conviene deshacer, porque cambia lo que hagas. Se suele decir que hasta los cuatro o cinco años a un niño no le llega que el otro sufre. Lo que se ha medido apunta a otra cosa: ya en el segundo año los niños se preocupan por alguien que acaba de sufrir un daño y hacen algo por ayudarle, incluso cuando esa persona no pone ninguna cara de pena. En esos experimentos el niño mira desde fuera y no es quien ha hecho el daño, así que no es exactamente nuestra escena; lo que descartan es la idea de que a esa edad el otro le dé igual. Lo que llega más tarde es razonar y hablar sobre lo que el otro siente.

O sea que sí le llega; lo que no le entra con dos años es el discurso largo. Por eso funciona la versión corta y física: señalar al otro, decir «le duele» y ocuparte de él delante de tu hijo. Si no quiere ni acercarse, no lo fuerces y hazlo tú delante de él. Lo copiará con el tiempo, no a la tercera.

En frío es donde se enseña

Lo que de verdad reduce los empujones ocurre lejos del arenero, en los ratos sin nada en juego, y hace falta bajarlo a ejemplos concretos.

Dale las palabras antes de que las necesite, y que sean cortas: «mío», «no», «para». Si cuestan de decir, en el momento de la verdad no aparecen. Sirve nombrárselas mientras juega tranquilo («eso es tuyo, dile mío»), sin esperar a la disputa.

Ensayad un gesto que sustituya al golpe: la mano abierta hacia delante, o apretar fuerte un cojín. Va mejor jugando con peluches, uno le quita algo al otro y le preguntas a tu hijo qué puede hacer el que se ha quedado sin nada. Ratos cortos y repetidos, y que no parezca una tarea.

Y mira cuándo pega, no solo que pega. Casi siempre hay patrón: a última hora, con hambre, con un niño concreto, al recoger, cuando hay visita. Justo antes de ese momento se puede hacer bastante; dentro de él, casi nada.

Cuenta con que se aprende en meses y con recaídas. Que vuelva a pasar tras un tiempo tranquilo no anula lo anterior.

Lo que no ayuda

Devolvérsela para que vea lo que se siente. Primero, por qué se hace: pegar de vuelta corta la escena en el acto, igual que a él el empujón le funciona. A medio plazo va en dirección contraria. El metaanálisis de referencia reúne más de 160.000 niños y encuentra que a más azotes, más conducta agresiva, y la Academia Americana de Pediatría desaconseja el castigo físico en cualquier forma. Casi todos esos estudios son observacionales y la crítica de fondo es real: puede que el niño más agresivo provoque más castigo y no al revés. Los pocos trabajos que apuntan en otra dirección se quedan en la obediencia del momento y están muy discutidos. Y queda lo evidente: es difícil enseñar que no se pega pegando.

Preguntar «¿por qué le has pegado?». Con dos o tres años no lo sabe y acaba diciéndote lo que cree que quieres oír. Desde los cuatro o cinco la pregunta empieza a tener sentido, mejor un rato después y no en caliente.

Colgarle la etiqueta. «Es un pegón» repetido delante de él puede acabar siendo la explicación que él mismo use, y entonces trabajas contra algo bastante más pegajoso que una conducta. Pasa algo parecido con las etiquetas de cuando todos lo hacen.

Cuándo mirar más de cerca

Casi siempre esto se resuelve con tiempo y con lo de arriba. Merece comentarlo con el pediatra si ves alguna de estas cosas:

  • A los cuatro o cinco sigue siendo su forma principal de resolver.
  • Va a más en lugar de a menos a lo largo de los meses.
  • Pega en frío, sin enfado y sin nada en disputa.
  • Hace daño de verdad y no se frena con la respuesta del otro.
  • Coincide con lenguaje que no arranca o con poco interés por jugar con otros niños.
  • Duerme mal de forma sostenida, o hay algo que le duele.

Y un caso que no es de pediatra: si solo ocurre en un sitio, lo que hay que mirar es ese sitio, y eso se habla con la escuela infantil.

Se consulta para descartar, y casi siempre la consulta acaba confirmando que no hay nada más.

Los capitanes que fueron con todo

Entre nuestros cuentos hay uno que va de esto. En El Capitán del Silencio un kraken tiene bloqueada una ruta de barcos y una fila de capitanes se turna para resolverlo. Todos prueban lo mismo, ir con todo y apartarlo por la fuerza, y con cada intento la cosa empeora. El capitán Sotavento hace lo que nadie había hecho: se queda quieto y mira un rato antes de decidir nada.

Es para los mayores de la casa, de cuatro o cinco años en adelante; con dos se hace largo. A esa edad sí funciona como sitio desde donde hablar de por qué responder a la fuerza con más fuerza deja el problema donde estaba. Se lee juntos y ya, sin convertirlo en un recado sobre lo del parque.

El Capitán del Silencio

El Capitán del Silencio

Una amistad nacida del respeto

El Capitán Sotavento es un niño de diez años que ama el mar y estudia las criaturas marinas. Cuando una importante ruta marítima queda bloqueada por un kraken, el gobernador de Isla Coralina ofrece una recompensa a quien logre reabrirla. Todos los capitanes intentan vencer al kraken con fuerza, pero Sotavento elige observar, escuchar y comprender. Descubre que el kraken no es un monstruo, sino un ser que sufre por el ruido constante de los barcos. Mientras otros fracasan con violencia, Sotavento construye una amistad basada en el respeto y el silencio compartido.

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En el próximo post: por qué de pronto rechaza cualquier cosa que no reconozca, y qué poner en la mesa esta noche.

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