Llevaba toda la semana preguntando cuándo era el cumpleaños. Llegasteis, se soltó de tu mano y entró corriendo. Cuarenta minutos después está debajo de la mesa de los regalos, con las manos en los oídos, y lo único que consigues sacarle es que quiere irse.
De camino al coche aparece la frase que dice todo el mundo: con lo que le apetecía venir.
Casi nunca hay un culpable concreto
La pregunta que hacemos siempre es qué ha pasado. Y muchas veces la respuesta honesta es que no ha pasado nada en particular.
La música alta, veinte niños gritando a la vez, el disfraz que pica en el cuello, el olor del comedor, la luz del techo, la mano de un adulto que no conoce en el hombro. Por separado, ninguna de esas cosas tumba a nadie. Lo que tumba es la suma, que se va acumulando durante el día y no se descuenta sola. Y hay niños a los que todo eso les llega con más fuerza que al resto, así que alcanzan el límite bastante antes.
Le estás pidiendo que señale un culpable cuando lo que tiene es un cansancio raro que no sabe explicar. Por eso «¿qué te pasa?» casi nunca lleva a ningún sitio.
Y lo de «con lo que le apetecía venir»: las dos cosas son verdad. Le apetecía muchísimo y no le daba la energía para las dos horas enteras.
Hay algo más que descoloca: el momento en que llega el derrumbe. Rara vez ocurre dentro de la fiesta: llega al salir, en el coche, al abrir la puerta de casa, con el que mejor lo trata. Aguantar entre gente cuesta energía, y cuando la exigencia se afloja es cuando se cae lo que se estaba sosteniendo. Conviene tomarlo por lo que es: algo que repiten mucho las familias y los profesionales que trabajan con niños, sin un estudio sólido detrás que lo demuestre. Encaja bien con lo que se ve, y ahí se queda.
Si donde más se le nota el día acumulado es al apagar la luz, esa es otra conversación: la tienes en El miedo a la oscuridad y los monstruos imaginarios.
Ya está debajo de la mesa: qué haces ahora
Lo primero, sacarlo de ahí antes de intentar cualquier otra cosa. El pasillo, el rellano, la calle, el coche. Mientras siga dentro del ruido no hay conversación posible.
Fuera, cuantas menos palabras mejor, y en voz baja. Nada de preguntas todavía. Sentarse a su altura y esperar el rato que haga falta es aburrido y es lo que funciona. Si quieres el detalle de qué hacer exactamente en esos minutos, lo tienes en cinco técnicas de co-regulación.

Y luego la decisión incómoda: volver a entrar o iros a casa. Si después de un rato fuera vuelve a estar disponible, se vuelve a entrar sin ceremonia. Si sigue igual, os vais, y os vais sin discurso. Irse a los cuarenta minutos con una despedida tranquila deja mejor recuerdo de esa fiesta que aguantar dos horas y salir a rastras. Ese recuerdo es el que trae puesto al siguiente cumpleaños.
¿«Alta sensibilidad» es un diagnóstico?
No. No figura en los manuales clínicos: es el nombre que unos psicólogos dieron en los años noventa a un rasgo de temperamento, y que todavía se discute. Describe a quien procesa con más detalle lo que pasa a su alrededor y, por eso mismo, se satura antes. Funciona por grados: tu hijo puede estar bastante arriba sin que eso lo convierta en otra categoría de niño.
Y hay algo asociado que probablemente te importe más que la definición, aunque siga en investigación: a estos niños les llega más tanto lo que les cuesta como lo que les cuida.
Antes de ponerle nombre
Que el nombre no te cierre puertas. Ser sensible al ruido no dice de dónde viene esa sensibilidad, y hay cosas que mirar antes de darlo por carácter.
Lo auditivo, primero. Las otitis de repetición y el líquido en el oído no suelen provocar aversión al ruido (más bien al revés: el niño oye peor y sube el volumen), pero cambian cómo le llega el sonido y merece la pena descartarlos. Y hay un cuadro que se parece bastante a esto por fuera y tiene nombre propio: la hiperacusia, en la que sonidos de volumen normal se viven como molestos o dolorosos. Una revisión de oídos en la consulta del pediatra descarta lo primero; lo segundo se valora en audiología, así que si la sospecha sigue ahí después de la visita, pide que lo deriven.
No es la única explicación posible. La reactividad alta a los estímulos aparece también en el autismo, en el TDAH y en cuadros de ansiedad. Que le moleste el ruido no señala a ninguno de ellos, y precisamente por eso «es muy sensible» no debería ser el final de la búsqueda si algo más te chirría.
Cuándo conviene consultar. Cuando interfiere de verdad en el día a día pese a haber probado ajustes: no consigue comer en el comedor del colegio ni con adaptaciones, no hay ningún sitio con gente donde aguante un rato, el malestar es de casi todos los días en lugar de puntual. Y si además notas que el lenguaje va lento o que no busca a otros niños, dilo en la consulta aunque te parezca que no viene a cuento.
Nada de esto es para asustarte. Es para que, si hiciera falta algo más, no se quede tapado debajo de una explicación que parecía suficiente.
Qué ayuda
Contar el día como se cuenta un presupuesto. Un cumpleaños suele ser asumible. Un cumpleaños después de la piscina y sin siesta, bastante menos. Cuando el día tiene dos citas grandes, elige una y deja la otra para otro día, aunque las dos le hagan ilusión.
Llegar antes que el resto. Entrar en una sala vacía que se va llenando poco a poco se parece muy poco a abrir una puerta y encontrarse la fiesta ya montada. Sirve igual para el parque que para el primer día de clase.
Pactar la salida antes de entrar. «Si en algún momento quieres salir un rato, me buscas y salimos al pasillo.» Con cuatro años el pacto se le olvida en cuanto ve la tarta, así que cuenta con repetírselo. Aun así entra sabiendo que la puerta existe.
Tener un sitio tranquilo que no sea un castigo. Un rincón de la casa, o el pasillo de al lado de la fiesta. La diferencia con el rincón de pensar está en que ahí no se va a reflexionar sobre nada: se va a bajar el volumen y ya.
Cascos o tapones para los ratos que sabes que le desbordan. Si le sirven para los fuegos artificiales, el secador o la aspiradora, que los use. A un niño que necesita gafas no le pedimos que entrecierre los ojos con más ganas. La diferencia está en que las gafas se llevan todo el día y estos no: hay discusión sobre si el uso continuo termina volviéndolo más sensible al ruido, así que mejor solo en los momentos que ya te sabes. Y si donde peor lo pasa es en el colegio, eso se habla antes con el centro que con él.
Hasta dónde protegerlo
Las dos salidas fáciles fallan.
Si vas quitando de la agenda todo lo que se le da mal, el mundo se le va encogiendo sin que nadie lo decida, y recuperar después un sitio que se dejó de pisar cuesta bastante más que haberlo mantenido con ajustes.
Si lo metes igualmente y sin ayuda, con la idea de que se acostumbre, lo que aprende es que en los sitios difíciles está solo. De ahí sale un niño más alerta.
Lo que suele funcionar está en medio y es poco espectacular: sitios difíciles en dosis, avisando de lo que va a pasar, con una salida disponible y con tiempo de recuperación después, sin llenar ese hueco con otra actividad.
Y cuidado con la etiqueta dicha en voz alta delante de él. «Es que es muy sensible» se nos escapa a todos en la puerta del colegio y no pasa nada por haberlo dicho, pero repetido delante de él puede acabar siendo la explicación que él mismo use para no intentar nada. Cuéntaselo a la profesora en otro momento, con él lejos.
Esto no se le pasa con la edad como se pierde un diente. Lo que suele cambiar es que va aprendiendo a notar cuándo se está llenando y a pedir salir antes de llegar al final, que es exactamente lo que estás haciendo por él mientras no puede.
Un cuento donde el ruido hace daño de verdad
En El Capitán del Silencio hay un kraken que lleva mucho tiempo aguantando el estruendo de los barcos que le pasan por encima. Los capitanes que llegan solo ven una criatura que estorba en la ruta e intentan apartarla por la fuerza. El capitán Sotavento, que se pasa la vida estudiando a los animales del mar, mira y escucha antes de decidir nada, y es el único que entiende qué está pasando ahí abajo.
Y el final no va de que gane nadie. Nadie le pide al kraken que se acostumbre al ruido y nadie manda los barcos a otra parte: ceden los dos un poco. Es más o menos lo que hay detrás de una fiesta con salida pactada.

El Capitán del Silencio
Una amistad nacida del respeto
El Capitán Sotavento es un niño de diez años que ama el mar y estudia las criaturas marinas. Cuando una importante ruta marítima queda bloqueada por un kraken, el gobernador de Isla Coralina ofrece una recompensa a quien logre reabrirla. Todos los capitanes intentan vencer al kraken con fuerza, pero Sotavento elige observar, escuchar y comprender. Descubre que el kraken no es un monstruo, sino un ser que sufre por el ruido constante de los barcos. Mientras otros fracasan con violencia, Sotavento construye una amistad basada en el respeto y el silencio compartido.
Leer este cuento infantil en la app de SemillitaEn el próximo post: cuando la saturación sale en forma de empujón. Por qué tantos niños de esta edad pegan, y qué ayuda de verdad.




