Son las once de la noche y desde la habitación llega una voz pequeña: "tengo miedo… ¿podéis venir?". Vas, te sientas en el borde de la cama, miras debajo, abres el armario. No hay nada, claro. Y muchas veces tu hijo lo sabe de sobra: si le preguntas, te dirá que ya sabe que no hay monstruos. Aun así vuelve a llamarte a los diez minutos, porque saberlo no le quita el miedo.
El miedo a la oscuridad, y a los monstruos que la imaginación pone en ella, es una de las etapas más universales y más agotadoras de la primera infancia. Y, casi siempre, una señal de que tu hijo está creciendo justo como debe.
Por qué aparecen estos miedos
Suelen asomar entre los 2 y los 3 años y aprietan fuerte hasta los 5 o 6. Coinciden con el momento en que la imaginación de un niño despega. Empieza a representar cosas que no tiene delante, y esa misma capacidad que le deja jugar a que un palo es una espada también le deja poblar la oscuridad de criaturas.
La oscuridad, además, le quita al cerebro la información que más usa para sentirse seguro: la vista. Sin imágenes claras que confirmen que el cuarto sigue igual que con la luz encendida, el cerebro rellena los huecos, y a esa edad los rellena con lo que tiene más a mano, que muchas veces da miedo.
Por eso un mismo niño puede cruzar el salón a oscuras sin pestañear a los 18 meses y, a los 3, no querer ni asomarse al pasillo. No ha aprendido a tener miedo: ha aprendido a imaginar.
Por qué negar el miedo no ayuda
La reacción más natural del mundo es tranquilizar con un "no hay nada, no pasa nada". El problema es que el miedo no se desactiva con argumentos. Tu hijo no está calculando probabilidades de monstruos; está sintiendo algo en el cuerpo, y ese algo no se apaga porque le digas que no es real.
De hecho, muchos niños ya lo saben. Te dicen "ya sé que no hay nada" y siguen sin poder dormirse, porque la parte de la cabeza que sabe que el monstruo no existe pierde el mando cuando el cuerpo se activa de noche. Repetirle "no hay nada" le confirma algo que ya tenía claro y deja intacto lo que de verdad le pasa.
Cuando le repites que no hay nada, además, le mandas sin querer dos mensajes a la vez: que lo que siente no cuenta y que no te has enterado de lo grande que es para él. Ninguno de los dos le ayuda a dormirse.
Validar no es darle la razón al monstruo. Es reconocer la emoción que hay debajo: "ya veo que tienes miedo; es horrible sentirse así a oscuras; estoy aquí". Desde ahí, con el niño un poco más calmado, ya se puede trabajar lo demás.
Qué ayuda de verdad
El miedo no se va a marchar de un día para otro, así que el objetivo es acompañar a tu hijo mientras aprende a manejarlo. Algunas cosas que funcionan:
Pon el miedo en palabras y dale forma. Preguntarle cómo es el monstruo, de qué color es, si es grande o pequeño, ayuda a que algo difuso y enorme se vuelva concreto y manejable. Lo que se puede describir asusta menos que lo que no tiene contorno.
Dale herramientas de control. A esta edad funciona muy bien darle algo que pueda hacer él: una linterna en la mesilla que encienda cuando quiera, un peluche "guardián" que vigila mientras duerme, la puerta entornada con un poco de luz del pasillo. No hacen desaparecer el miedo, aunque le devuelven la sensación de control que el miedo le roba.

Sobre el "spray antimonstruos", un matiz honesto. Muchas familias usan un bote de agua como "spray antimonstruos" o revisan juntos el armario cada noche, y a algunos niños les va de maravilla. A otros, esos mismos rituales les confirman lo contrario: que si hay que espantar al monstruo, por algo será. No hay una respuesta única. Si rociar el cuarto tranquiliza a tu hijo, adelante; si notas que cada noche está más pendiente de la criatura, prueba a mover el foco del monstruo a lo seguro que está él contigo cerca.
Cuida la entrada en la noche. Un ritual de sueño predecible baja la activación con la que tu hijo llega a la cama, y un niño menos activado tiene menos combustible para el miedo. Si el cuarto a oscuras es el problema, una luz tenue y cálida durante una temporada es una ayuda perfectamente razonable. Lo contamos con más calma en el ritual de antes de dormir y en qué hacer cuando ese ritual se rompe.
Enséñale a escuchar su cuerpo. Lo que más le va a servir con el tiempo es aprender a distinguir una alarma real de una falsa. Puedes ayudarle a notar qué hace su cuerpo cuando se asusta y a comprobar, pasito a pasito y contigo al lado, que el ruido del radiador no era una criatura. Esa lectura del propio cuerpo es una habilidad que le servirá mucho más allá de la oscuridad.
Cuándo es algo más que una etapa
Casi todos estos miedos se diluyen solos según el niño crece y madura su capacidad de separar lo real de lo imaginado. Pero conviene saber dónde está la línea. Si el miedo se vuelve tan intenso que impide dormir casi cada noche durante semanas, si invade también las horas de luz, si tu hijo evita cosas que antes disfrutaba o aparece junto a otras señales de angustia, merece una conversación con el pediatra. No para alarmarse: para descartar y para que alguien os acompañe si hace falta.
Lo que aprende Nuezi
En Nuezi y los Sonidos del Bosque, una ardillita no consigue dormir porque los ruidos del bosque la asustan. Su madre no le dice que no pasa nada ni la empuja a ser valiente de golpe. Le enseña a usar su cuerpo y su corazón para distinguir qué sonidos avisan de un peligro de verdad y cuáles son solo el bosque viviendo de noche. Poco a poco, Nuezi descubre que su miedo es una señal que a veces acierta y a veces se equivoca, y que ella puede aprender a leerla.
Es un cuento pensado para acompañar justo estas noches: valida el miedo en lugar de reñirlo y le deja al niño una herramienta que se lleva consigo a la cama.

Nuezi y los Sonidos del Bosque
Aprendiendo a escuchar nuestro corazón
Nuezi es una pequeña ardilla que no puede dormir por los sonidos del bosque que la asustan. Con la ayuda de su mamá, aprende a distinguir entre sonidos peligrosos y seguros usando su corazón y su cuerpo como guías. La historia enseña que nuestras emociones y sensaciones físicas son herramientas valiosas para entender el mundo.
Leer este cuento infantil en la app de SemillitaEl miedo a la oscuridad es uno más de los muchos estímulos que algunos niños viven con una intensidad especial, de noche y de día. En el próximo artículo hablamos de los niños que sienten el ruido, las luces y las texturas más fuerte que los demás, y de cómo acompañar esa sensibilidad sin tratarla como un problema.




