Llevaba veinte minutos con la torre. Iba despacio, con la lengua fuera, colocando cada pieza. Al poner la última, la rozó con la muñeca y se vino abajo entera.
Un segundo después lo ha barrido todo con el brazo, ha empujado la caja con el pie y ha dicho que ya no juega. Tú estás a metro y medio y sabes perfectamente dónde iba esa pieza.
Esto va sobre todo de niños de tres a seis años.
Su cabeza va por delante de sus manos
A esta edad un niño ya sabe bastante bien lo que quiere construir, y sobre todo reconoce enseguida cuándo lo que le ha salido no se parece a lo que quería. Lo que todavía no tiene son los dedos que hacen falta: la precisión, el pulso, la fuerza justa para soltar una pieza sin mover las de abajo.
Buena parte del enfado vive en ese hueco. No le está pasando nada raro y no se le arregla explicándoselo: se cierra con los años y con muchas horas de práctica; mientras tanto, lo que hay es esto.
Los diez minutos siguientes
Aquí es donde estás tú ahora mismo, así que empecemos por aquí.
Di poco y dilo pronto. Una frase corta sirve más que un discurso: «Qué rabia, con lo alta que estaba.» Con eso basta. Le pone nombre a lo que ha pasado sin pedirle que se calme.
No le discutas el enfado. Explicarle que era solo una torre, que no pasa nada, o que hace un rato se lo estaba pasando bien, consigue que además de frustrado se sienta raro por estarlo.
No recojas los bloques. Es la reacción más automática y la que peor viene: recogerlos mientras está enfadado le quita también el volver a empezar. Déjalos donde han caído hasta que esté en otra cosa, salvo que haya un hermano pequeño rondando; si al final no vuelve, los recogéis juntos sin comentar nada.
El «ya no juego» no es una decisión. Es lo último que se dice cuando uno está furioso, no un plan. Si nadie lo convierte en un tema, muchas veces vuelve al rato. Y cuando vuelva, lo más útil es no decir nada del asunto: ni «¿ves cómo sí querías?» ni celebrarlo. Que pueda volver sin tener que reconocer nada.
Si el enfado es de los grandes y no baja, eso ya es una rabieta y se sostiene de otra manera: lo tienes en cinco técnicas de co-regulación. Y si acaba saliendo en forma de empujón a otro niño, en mi hijo pega.
Los dos segundos en los que podrías arreglarlo
Esto ya no es para hoy, es para la próxima torre.
Tú ves dónde iba la pieza. Colocarla cuesta dos segundos y evita el berrinche entero, y la tentación de hacerlo es enorme porque además parece lo amable.
Lo que suele pasar cuando eso se repite mucho es que el niño acaba pidiendo ayuda cada vez un poco antes, en el punto donde ya sabe que aparecerá alguien. También puede ser al revés, ojo: hay niños que piden mucho desde el principio y padres que responden mucho porque se lo piden, y desde fuera no se sabe quién empezó. Como norma para el día a día vale igual, y probarla no cuesta nada.
Prestar las manos

Sujeta, no coloques. Si la base baila, pon un dedo en la base y déjale a él poner la pieza.
Haz solo el tramo imposible. Abre el envase que no cede y devuélvele la cuchara. Desenreda el nudo y déjale meter el pie en la bota.
Acércate sin ofrecer. Sentarte al lado sin decir nada suele bastar para que vuelva a probar. Preguntar «¿te ayudo?» en caliente muchas veces suena a «esto se te está resistiendo», y algunos contestan que no aunque lo necesiten. Hay niños con los que acercarse enciende más la cosa; con esos, cerca pero sin tocar.
Pregunta qué parte. Cuando ya se ha calmado, «¿qué te sujeto?» deja el trabajo de su lado y «¿lo hago yo?» se lo quita.
Y a veces la respuesta correcta es ayudarle y ya está. Son las nueve, está reventado, tú también, y resolverle el zapato no le va a estropear el carácter. Esto va de la tendencia general de las semanas, no de cada episodio.
Bájale la dificultad a la tarea, no a él
Lo otro que se puede hacer no tiene que ver con el niño, sino con lo que tiene delante.
Una torre con la base ancha aguanta lo que no aguanta una de una sola columna. Un puzle de menos piezas se termina, y terminar anima a repetir. Si tenéis bloques de plástico brillante que resbalan, un trapo debajo o una alfombra fina ya cambian bastante las cosas, sin comprar nada.
La gracia no está en que no falle, está en que el fallo se pueda deshacer. Un niño con una tarea que se recupera fácil habrá vuelto a empezar muchas más veces que uno atascado en algo imposible, y volver a empezar es exactamente lo que queremos que practique.
Cuando ya has gastado la paciencia
Si es la segunda vez del día, o la tercera, y ya no te queda nada de todo esto, los días así basta con dos cosas: no recoger los bloques y no discutirle el enfado. Con eso solo ya está la mayor parte hecha. Lo demás, el dedo en la base, el trapo debajo y la frase corta, es para los días en que puedas.
Cuándo mirar más de cerca
Frustrarse mucho a estas edades es lo normal. Merece comentarlo con el pediatra si ves alguna de estas cosas:
- Va a más con los meses en lugar de a menos.
- Se hace daño a sí mismo cuando algo le sale mal.
- Evita cualquier cosa nueva por si no le sale, y la lista de lo que evita crece.
- No consigue salir del enfado aunque cambies de actividad o le ofrezcas otra cosa.
- Le pasa igual en casa y fuera, y en la escuela también lo notan.
- Ha dejado de hacer cosas que antes hacía sin problema.
- Le cuesta mucho más que a otros niños de su edad manejar las manos: se le caen las cosas, evita todo lo manual. Eso lo valora el pediatra aparte.
- Se frustra sobre todo cuando no consigue hacerse entender.
Consultar sirve para descartar lo que desde casa no se ve.
Un cuento donde nadie dice «venga, otra vez»
En Cuando la torre se cae, Toki lleva días imaginando una torre concreta y la construye despacio, buscando con los dedos el sitio de cada bloque. Cuando va a poner la última pieza, un giro pequeño de la muñeca la roza y se cae entera. Toki llora, y después le entra una rabia caliente: mete los bloques a manotazos en la caja, se cruza de brazos y dice «ya no».
Entonces llega Serena, y hace lo que más nos cuesta a los adultos. No le dice que no pasa nada, no le anima a intentarlo otra vez y no recoge los bloques. Se sienta cerca, coge una pieza, la mira por los dos lados y le pregunta al bloque, muy en serio, que dónde quiere ir. Lo que hace Toki a partir de ahí es mejor descubrirlo leyéndolo.
Es para los mayores de la casa, de cinco años en adelante. Con cuatro funciona si ya aguanta cuentos con más texto que dibujo; a los tres se hace largo, aunque la escena del principio la reconozca cualquiera.

Cuando la torre se cae
Después de la caída
Toki es un mapache que ama construir torres de bloques. Hoy lleva días imaginando una en concreto: alta, exactamente como la ve en la cabeza. Cuando por fin la construye, un movimiento suyo la derrumba entera. La historia recorre lo que ocurre por dentro cuando algo que hemos hecho con mucho cuidado se viene abajo de golpe.
Leer este cuento infantil en la app de SemillitaEn el próximo post: cómo se le enseña a un niño a poner nombre a lo que siente, y qué cambia cuando ya tiene la palabra.




