Cómo aprende un niño a decir lo que siente

Niña de unos cuatro años sentada en el suelo del pasillo junto a su mochila mientras una adulta se agacha a su altura sin tocarla

Vuelve del parque sin hablar. Suelta la mochila en mitad del pasillo, se sienta en el suelo con la espalda contra la pared y se queda ahí. Le preguntas qué le ha pasado y dice «nada». Insistes con más cuidado y dice «no sé».

La segunda respuesta suele ser la verdadera. A los cuatro años hay mucha distancia entre sentir algo y poder decir qué es.

Cuando lo que siente sale hacia fuera lo reconocemos todos, aunque sea agotador: se le cae la torre y lo tira todo y ahí no hay nada que interpretar. Lo difícil es el niño del pasillo, el que se queda quieto con algo pesado dentro y sin nada con lo que sacarlo.

Primero es una sensación y tarda en ser una palabra

A estas edades lo que un niño nota primero es el cuerpo. Calor que sube por la cara. Un nudo en la garganta. Las manos que se cierran solas. El pecho que pesa de golpe. Nada de eso viene con etiqueta puesta.

La palabra llega después y llega de fuera: alguien le pone un nombre a lo que él está notando, y a base de repetirlo el nombre y la sensación acaban yendo juntos. Por eso «¿estás triste?» se contesta a veces con un encogimiento de hombros. La pregunta le pide que reconozca un nombre que todavía no tiene pegado a nada.

A los adultos nos pasa algo parecido, solo que se nos olvida: te has pasado la mañana con los hombros duros y contestando mal, y solo al sentarte por la tarde caes en que estabas preocupado por una llamada.

Qué hacer esta noche, en el pasillo

Empieza por lo que casi nunca se dice: puede que no haya pasado nada. A esa hora llega con sueño, con hambre y con cinco horas de ruido encima, y eso solo ya explica el bulto del pasillo. Si sospechas que sí ha pasado algo concreto, esa es otra conversación: se pregunta por los hechos y en otro momento.

Para el resto de las veces, que son casi todas, siéntate cerca, a su altura, sin pedirle nada. Nombra el cuerpo una vez, no la emoción: «tienes los puños apretados», «llevas un rato con la cabeza baja». Y después cállate.

Callarse es la parte difícil y conviene decirlo: el silencio en el suelo del pasillo se hace larguísimo. Pero la segunda pregunta borra la primera, porque le enseña que si aguanta un poco tú sigues hablando y él no tiene que hacerlo. Si a los pocos minutos no sale nada, la cena sigue su curso y no ha fracasado nada.

Y cuando le ofrezcas una palabra emocional, ofrécele dos. «No sé si es enfado o si es que estás cansado» le da algo que pensar; «estás enfadado» es una afirmación sobre él que solo puede aceptar o rechazar.

Dónde se aprenden de verdad las palabras

Niño de unos cinco años sentado en la cama hablando con un adulto sentado en el borde, con luz cálida de lámpara

«Dime qué sientes» en pleno desbordamiento no llega. En ese momento parece tener menos acceso al lenguaje que en un rato cualquiera, y la pregunta acaba siendo un deber más. Lo que ayuda ahí es que nombres tú, sin pedirle nada a cambio, y que después te calles: está desarrollado en cinco técnicas de co-regulación.

El vocabulario se construye en otro sitio: en los huecos muertos del día. En el coche, en la bañera, en los cinco minutos de antes de dormir, en la cola del súper. Cuatro maneras de meterlo ahí sin que cueste tiempo:

  • Cuando le pasa a otro. El niño que llora en el parque porque hay que irse. Comentarlo de pasada y sin moraleja: «ese quería quedarse y le ha dado mucha rabia».
  • Cuando te pasa a ti. Tu versión pequeña, dicha en voz alta: «me he puesto de los nervios con el tráfico y he hablado más fuerte de lo que quería; ya se me está pasando». Ahí va el nombre y, sobre todo, el final, que es la parte que más tranquiliza.
  • Un rato después. Cuando ya está frío, y sirve el día siguiente: «ayer, cuando no encontrabas el zapato, ¿qué notabas?». En caliente esa pregunta es una trampa; en frío es una conversación.
  • En los cuentos. A un personaje le puede pasar cualquier cosa sin que nadie le pida cuentas a tu hijo. Por eso las palabras se prueban antes en un cuento que sobre uno mismo.

El tamaño importa más que el adjetivo

Con contento, triste, enfadado y asustado se cubre lo básico, y es lo que casi todos tienen hacia los cuatro años. La tentación es enseñarle entonces palabras más finas, «frustrado» o «decepcionado». Sirven, aunque no sean lo que primero se echa en falta.

Lo que le hace falta antes es el tamaño: poder decir si es un poco o si es muchísimo. «Estoy un poco enfadado» y «estoy muy enfadado» te piden cosas distintas, y en la práctica esa escala le resuelve más situaciones que un adjetivo nuevo.

Sentir dos cosas a la vez y saberlo llega más tarde. Estar contento de ir a casa de la abuela y a la vez no querer separarse de ti es una mezcla que la mayoría no nombra hasta bastante después, y no merece la pena machacar con ello.

No le corrijas la palabra

Dice «estoy triste» y a ti te parece clarísimo que lo que tiene es furia. La tentación es ajustárselo: «eso no es tristeza, es que estás enfadado».

Dos motivos para no hacerlo. Puedes estar equivocado, porque desde fuera se ve la cara y el volumen. Y si cada vez que dice lo que siente alguien se lo revisa, aprende que decirlo tiene examen, y de cosas con examen ya va servido.

Lo que sí puedes hacer es añadir sin quitar. «Vale, estás triste. Yo he visto también algo de rabia, pero el que lo nota eres tú.» Tu palabra se queda encima de la mesa y él decide si la coge.

Qué cambia cuando ya tiene la palabra

Poner nombre a una emoción no la apaga: un niño de cuatro años que sabe decir «estoy enfadado» sigue igual de enfadado un segundo después de decirlo.

Lo que cambia es lo que puede ocurrir después. Con la palabra puede avisar antes de llegar al límite, y puede pedir algo concreto en lugar de esperar a que lo adivines. También puede volver sobre lo que pasó cuando ya está frío, que es cuando se puede aprender algo de una rabieta.

Sobre el mecanismo hay más entusiasmo que certeza. La idea de que nombrar una emoción rebaja su intensidad viene de un experimento muy concreto: adultos en un laboratorio poniéndole etiqueta a caras o a fotos desagradables. El efecto que se mide ahí es pequeño y no siempre se reproduce, y ese adulto se parece poco a un niño de cuatro años en un pasillo. En niños lo que se ve es otra cosa: los que manejan más palabras para lo que sienten suelen tener menos conflictos, aunque suelen ser también niños de casas donde se habla mucho de emociones, y separar qué parte pone cada cosa no es fácil.

Y hay una parte del efecto que no es suya, es tuya: cuando dice lo que le pasa, tú dejas de adivinar, y un adulto que ha entendido responde distinto.

Tener la palabra no es saber usarla

Hay niños de cinco años que nombran de maravilla y siguen pegando en cuanto les quitan algo. Los padres lo cuentan con cara de estafa: si sabe decirlo, ¿por qué no lo dice en vez de morder?

Porque decirlo y aguantarlo son dos capacidades distintas y no maduran a la vez. La primera se aprende pronto y en frío. La segunda es el control inhibitorio, frenar el cuerpo con la emoción ya arriba del todo, y ese va mucho más despacio.

Así que mejor no colgarle a la palabra un resultado que no puede dar. Lo que te da mientras tanto es una conversación: la de después, cuando ya ha pasado, que sin palabras no existe.

Cuándo mirar más de cerca

Que a los cuatro o cinco años le cueste decir lo que siente es lo esperable, y la mayoría de los niños del pasillo no tienen nada. Una señal sí conviene consultarla pronto, sin esperar a la próxima revisión: que haya perdido palabras o formas de comunicarse que ya tenía. Perder algo adquirido se mira antes que tardar en adquirirlo.

Merece comentarlo en la siguiente visita si ves alguna de estas:

  • Le faltan palabras para todo, no solo para las emociones, y le cuesta hacerse entender en el día a día.
  • De forma habitual no parece registrar las emociones de los demás: si alguien llora cerca, ni lo distingue ni le llama la atención.
  • Lleva semanas apagado, sin ganas de nada de lo que antes le gustaba.

Según dónde vivas, la puerta de entrada es el pediatra, la escuela infantil o el servicio de atención temprana. Consultar sirve sobre todo para descartar lo que desde casa no se ve.

Un cuento donde nadie pregunta qué le pasa

En Una nube que viene de visita, Lobito pierde un trapo de fieltro azul que llevaba a todas partes. Lo busca en todos los sitios de siempre y no aparece. Se queda quieto en mitad del claro y el pecho se le hace pesado, sin saber por qué.

Entonces le aparece una nube encima de la cabeza. Gris y blanda, pequeña primero y después un poco más grande. Parece que pesa poco, pero pesa. Van llegando sus amigos, uno a uno. Nina se sienta a su lado sin decir nada. Copito le echa una manta por los hombros, y solo entonces Lobito se entera de que tenía frío. Ninguno le pregunta qué le pasa.

Es, básicamente, el pasillo. Y para un niño de cuatro o cinco años al que le falta la palabra, esa nube es una manera de señalar: «hoy tengo nube» se dice mucho antes que «estoy triste». No sustituye al vocabulario, pero sirve mientras llega.

Una nube que viene de visita

Una nube que viene de visita

Dejando salir las lágrimas

Lobito tiene un trapo de fieltro azul que lleva a todas partes. Una mañana se levanta y el trapo no está. Algo se vuelve pesado dentro de él, y sobre su cabeza aparece una nube. Sus amigos van llegando, despacio, cada uno a su manera.

Leer este cuento infantil en la app de Semillita

En el próximo post: las primeras palabras, y cómo acompañar el lenguaje de tu hijo sin convertirlo en un examen.

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