Todavía no habla, y en el parque todos preguntan

Niño de unos dos años señalando algo en el parque mientras una adulta agachada a su altura mira hacia donde él señala

Tiene dos años y medio y dice unas cuantas palabras, siempre las mismas. En el parque, el niño que juega a su lado suelta frases enteras y hasta se explica. Alguien de la familia te ha dicho que esperes, que los niños hablan cuando les toca. Otra persona te ha dicho, en el mismo tono tranquilo, que eso a su edad ya tendría que estar.

Y tú te vas a casa contando palabras por lo bajo.

Esa cuenta mental es agotadora y encima suele estar mal hecha, porque el lenguaje es el terreno donde más se separan unos niños de otros. La Academia Americana de Pediatría lo dice sin rodeos en su guía sobre el lenguaje a los dos años: a estas edades hay más variación en el desarrollo del lenguaje que en cualquier otra área. Comparar en el parque es, literalmente, el peor sitio donde mirar.

Qué se espera de verdad a cada edad

Los números orientan, no diagnostican. Sirven para saber si merece la pena preguntar, no para etiquetar a nadie una tarde de parque.

Esa misma guía de la Academia Americana de Pediatría describe al niño de dos años con un vocabulario de cincuenta palabras o más, que crece deprisa, y con frases de dos o tres palabras («quiero agua», «mamá zapato») que a lo largo del año llegan a cuatro, cinco o seis. Lo importante ahí no es el cincuenta: es que junte dos palabras y que la lista crezca de un mes a otro.

Sobre lo que se entiende, hay un dato que tranquiliza a mucha gente. La asociación estadounidense de logopedas describe en sus hitos de comunicación de 2 a 3 años que a esa edad el habla se va aclarando pero puede que todavía no la entienda alguien que no conozca al niño. Que la vecina no le pille lo que dice a los dos años y medio es esperable. En sus hitos de 3 a 4 años sitúan el cambio: hacia los cuatro, el niño habla de manera que la gente entiende la mayor parte de lo que dice.

Y una cifra que ayuda a poner el susto en su sitio: la misma guía de la Academia Americana de Pediatría calcula que alrededor de uno de cada diez o quince niños tiene alguna dificultad con la comprensión o con el habla. Ni es rarísimo ni es lo habitual.

Por qué presionar apaga justo lo que quieres encender

La reacción natural, cuando te preocupa, es pedirle que hable. «Dilo.» «Di agua.» «No te lo doy hasta que lo digas.» «A ver, repite: pe-lo-ta.»

El problema de convertir cada intercambio en un examen es que el niño deja de tener ganas de participar. Aprender a hablar depende de que hablar salga a cuenta, y cuando cada intento suyo se corrige o se somete a prueba, lo que sale a cuenta es callarse y señalar. Con las emociones pasa algo parecido: si cada vez que dice lo que siente alguien se lo revisa, aprende que decirlo tiene examen. Está contado en cómo aprende un niño a decir lo que siente.

Retenerle algo que quiere hasta que lo nombre es la versión dura de lo mismo. Consigue la palabra una vez y a cambio le enseña que pedir es negociar contigo, no comunicarse.

Lo que sí lo hace crecer

Niña de unos tres años estirando la mano hacia un cuenco de fruta mientras un adulto se detiene y espera a que ella pida

Lo que construye lenguaje es la cantidad de veces que algo suyo obtiene respuesta, más que la cantidad de palabras que él suelta. Tres cosas caben en cualquier día, incluso en uno malo:

  • Responde a lo que ya comunica. Si señala el cuenco de la fruta, no esperes a la palabra: dale la fruta y ponle el nombre encima. «La manzana. Querías la manzana.» Ha comunicado y ha funcionado, y además se ha llevado la palabra puesta. Eso es lo contrario de retenerle la fruta hasta que la nombre.
  • Devuélvele lo que dice, una talla más grande. Él dice «aba». Tú dices «agua, sí, quieres agua». No le corriges: le devuelves su intento completo, con las piezas que le faltaban.
  • Deja el hueco. Después de preguntar algo, cuenta despacio hasta cinco antes de contestar tú. A los adultos ese silencio se nos hace eterno y lo llenamos casi siempre. Muchos niños necesitan justo ese rato para arrancar.

Y una que no cuesta tiempo porque ya lo estás haciendo: narrar en voz alta lo que ocurre mientras ocurre. «Ahora los calcetines. Este pie y este otro.» No hace falta que conteste. Está oyendo cómo suenan las cosas que ve.

El gesto ya es lenguaje

Cuando un niño señala, tira de tu mano, te trae un objeto o niega con la cabeza, no está sustituyendo el habla por algo peor. Está comunicando, con lo que tiene hoy.

Merece la pena saberlo porque, en un niño que aún habla poco, los gestos son de las señales que mejor pintan. La web divulgativa de esa misma asociación señala, en su material sobre niños que tardan en hablar, que los niños que usan muchos gestos tienen más probabilidades de alcanzar a los de su edad, y lo mismo los que se ve que entienden bien.

Así que si tu hijo dice poco pero entiende todo lo que le pides, te busca para enseñarte cosas y se hace entender señalando, tienes delante bastante más de lo que dice la cuenta de palabras.

Cuándo dejar de esperar

Aquí es donde el «ya hablará» hace daño, porque tiene la forma de un consejo tranquilizador y funciona como un aplazamiento.

La recomendación de esa misma web es explícita: no hace falta esperar a ver qué pasa para consultar. Consultar no compromete a nada, y a estas edades una valoración a tiempo cuesta mucho menos que recuperar terreno más tarde.

Pide cita, sin dejarlo para más adelante, si ves alguna de estas:

  • Ha dejado de usar palabras o gestos que ya usaba.
  • No responde a su nombre ni parece oírte cuando le hablas desde otro sitio de la casa.
  • No entiende lo que le pides, aunque sea sencillo y cotidiano.
  • No señala, no te trae cosas, no busca tu mirada para compartir algo.
  • Hacia los dos años no junta dos palabras.
  • Hacia los tres, en casa tampoco le entendéis casi nada de lo que dice.

Lo primero suele ser descartar el oído: una pérdida auditiva leve o unas otitis de repetición pueden pasar desapercibidas en casa y frenar el lenguaje sin que nadie lo relacione.

Y si en tu casa se hablan dos idiomas, eso no es la explicación. La misma web lo dice sin matices en su material sobre crecer con más de un idioma: usar varios idiomas no confunde a los niños ni causa retrasos del habla o del lenguaje. Lo que sí conviene es no contar solo uno de los dos, porque reparte entre ambos lo que dice.

Un cuento donde la voz más pequeña cabe igual

En ¿Quién hace Muu?, un pollito se despierta con ganas de cantar y solo sabe hacer «pío». Sale al prado a buscar con quién, y se va cruzando con voces enormes: el cerdo, la vaca, el caballo. Cada encuentro funciona igual. Él prueba el sonido del otro y le sale pequeñito. El otro prueba el suyo y le sale gigante. Y los dos se ríen.

Nadie le pide al pollito que cambie su «pío» por algo más grande. Al final del día su sonido pequeño cabe en medio de todos los demás, y el cuento se cierra diciendo que cada animal canta a su manera.

Es un cuento de dos a tres años, y está construido como un juego de ida y vuelta: tú haces el sonido, tu hijo contesta como pueda, y esa respuesta es la que convierte su voz en conversación. Sirve igual si contesta con la palabra, con el sonido o señalando el dibujo.

¿Quién hace Muu?

¿Quién hace Muu?

El concierto del prado

Un pollito se despierta en el nido con muchas ganas de cantar. Solo sabe hacer «pío», pero quiere cantar con alguien, así que sale al prado a buscar compañía. Por el camino se cruza con voces enormes que lo sorprenden: la vaca, el cerdo y el caballo. Cada encuentro es un ida y vuelta de sonidos, un juego de escuchar, imitar y contestarse.

Leer este cuento infantil en la app de Semillita

En el próximo post: mi hijo miente, y por qué a los tres o cuatro años casi nunca es una mentira.

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