Sábado por la mañana. Llevan diez minutos jugando bien y de repente: «¡Es mío!», un grito, un empujón y los dos corriendo hacia ti para contarte su versión. Es la cuarta vez antes de comer. Y no sabes si meterte o dejar que lo arreglen ellos.
Pelearse es lo esperable, pegarse no da igual
La Academia Americana de Pediatría (AAP) avisa de que, por mucho que hagas, los hermanos se van a pelear; lo que cambia con la edad es el motivo. Aprender a discrepar con respeto es parte de aprender a comunicarse, pero los niños necesitan ayuda para hacerlo, y su temperamento, su madurez y su edad pesan mucho (AAP, sobre las relaciones entre hermanos).
Las agresiones entre hermanos también son frecuentes, lo que no las hace inofensivas. En una encuesta nacional de Estados Unidos, unos 45 de cada 100 niños de 2 a 9 años habían sufrido al menos una vez en el último año alguna agresión de un hermano, física, contra sus cosas o con palabras (Tucker y colaboradores, 2013). Los propios investigadores avisan de que se le suele quitar importancia. Más abajo está cuándo conviene preocuparse.
¿Meterse o dejarles?
Depende sobre todo de la edad. Según la AAP, con los pequeños hay que intervenir más a menudo y repetir una y otra vez reglas sencillas, como no pegar; a medida que crecen, los padres pueden apartarse más. Con un desacuerdo sencillo, se les puede dar la oportunidad de resolverlo solos, aunque antes tengan que separarse un rato. Si no lo consiguen, o si preocupa cómo está alguno de los dos, toca entrar con calma y escuchar a los dos antes de decidir nada, incluso si crees saber quién tiene la culpa.
Un estudio que grabó en casa las peleas de 88 familias con un hijo pequeño de 3 a 5 años apunta en la misma dirección: cuando los padres no intervenían, después solía haber más conflicto, sobre todo entre los hermanos más pequeños; en cambio, en las parejas de más edad de la muestra (que seguían siendo niños de primaria), que la madre interviniera se asociaba con que estuvieran menos unidos (Kramer y colaboradores, 1999). Son asociaciones, pero encajan con lo que dice la AAP.
Cómo intervenir sin hacer de juez

Si ha habido un golpe, lo primero es parar y atender al que lo ha recibido. Después, cuando estén más tranquilos, puede sonar así: «Tú querías la pala porque estabas haciendo el castillo, y tú también la querías. Los dos estáis enfadados. ¿Qué se os ocurre?». Con los de 2 o 3, lo normal es que tengas que darles tú un par de opciones: «¿Un rato cada uno, o buscamos otra pala?». Desde los 4, más o menos, prueba primero a esperar a que propongan algo, aunque sea raro. Si se llevan años, asegúrate de que el pequeño también dice lo que quiere.
Dejar que propongan ellos tiene algo de respaldo, con niños de 5 a 10 años. En un ensayo con 48 familias, a unos padres se les enseñó a mediar en las peleas en vez de resolverlas ellos y a otros no, por sorteo. Según los propios padres, después sus hijos usaban más estrategias constructivas, llegaban más a menudo a acuerdos intermedios y decidían ellos más veces cómo acababa la pelea; cuando los investigadores los observaron negociando solos, se trataban con menos hostilidad (Smith y Ross, 2007). Es un estudio pequeño y no dice que se pelearan menos veces.
En otro estudio parecido, con niños de 3 años y medio a 11, los padres que mediaban hablaban más de lo que sentía cada niño, culpaban menos por lo que había pasado antes y proponían menos soluciones; las ponían los niños, y los hermanos pequeños fueron los que más salieron ganando (Ross y Lazinski, 2014). Aun así, la base es corta: una revisión de 2017 solo encontró cinco programas evaluados, todos con niños en edad escolar, y concluye que son prometedores pero que falta investigación (Tucker y Finkelhor, 2017).
Ideas para el día a día
Pocas reglas, y claras. No pegar. Pedir antes de coger lo del otro. Con los pequeños hará falta repetirlas muchas veces. De lo que cuesta compartir a estas edades hablamos en «Mi hijo no comparte».
En las riñas de cada día, no hace falta averiguar quién empezó. La pregunta suele convertir la conversación en un juicio. Otra cosa es si ves que casi siempre es el mismo el que pega o el que se lleva los golpes: eso ya no es una riña entre iguales, y conviene mirarlo (más abajo).
No cedas siempre ante el pequeño. La AAP avisa de que ceder siempre ante el menor, porque el mayor «ya entiende», puede crear resentimiento y no deja que ninguno de los dos aprenda a relacionarse con el otro. Turnarse para elegir ayuda. Con mellizos o hermanos de edad parecida no hay un «pequeño» al que ceder, y cualquier diferencia se nota más: en los estudios, la agresión era más frecuente entre hermanos que se llevan poca edad, y el trato desigual pesaba más.
Un rato a solas con cada uno. La AAP propone meterlo en la rutina: la charla antes de dormir, un recado juntos, sacar al perro por turnos.
Juegos de equipo antes que de competir. Si hay mucha rivalidad, la AAP sugiere juegos en los que se gana juntos o en los que no se cuentan puntos, y proyectos en común: construir algo entre los dos les pone del mismo lado.
Adaptarse a cada uno es inevitable; que uno salga siempre perdiendo, no. Un metaanálisis encontró que recibir un trato menos favorable que el hermano, o que hubiera mucha diferencia de trato entre los dos, se asociaba con más problemas emocionales y de conducta. Son asociaciones, con niños de 12 años de media, y la relación puede ir en los dos sentidos (Jensen y Thomsen, 2024). Con los pequeños no está estudiado, pero contarles con palabras sencillas por qué el pequeño necesita más ayuda no cuesta nada.
Cuándo comentarlo con el pediatra
Discutir, gritarse o pelearse por un juguete a diario entra dentro de lo esperable; con la agresión el listón es otro. En un estudio con más de 1.500 familias de Chicago con niños de 3 a 5 años, más de la mitad de los padres contaba que su hijo había agredido a un hermano alguna vez en el último mes. Pero pegar, empujar o insultar a un hermano cuatro o más días por semana ya situaba al niño entre el 5 % más agresivo, y hablar de querer hacerle daño era lo más raro de todo (Dirks y colaboradores, 2019). Es una referencia estadística para esas edades, no un diagnóstico.
En otro trabajo de los mismos autores de la encuesta, con 3.599 niños y adolescentes, los que habían sufrido agresiones de un hermano tenían más malestar psicológico, y los autores piden no quitarle importancia (Tucker y colaboradores, 2013). Coméntalo con el pediatra si casi siempre es el mismo el que pega y el mismo el que recibe; si el que recibe le tiene miedo, evita quedarse a solas con su hermano o le notas más triste o nervioso; si pega, empuja o insulta a su hermano cuatro o más días por semana; si alguno acaba con marcas o heridas, o si habla de querer hacerle daño. Con otros niños el listón es más bajo, y si lo que te preocupa es que pega también fuera de casa, en «Mi hijo pega» hay más ideas.
Dos hermanos y una casa de cartón
En Otra historia de Hansel y Gretel, un cuento para niños de 5 a 8 años, Ulises y Jacinta construyen una casa de cartón pintada de chocolate para jugar al cuento con su abuela. Enseguida chocan: los dos quieren ser quien salva al otro, ninguno quiere quedarse esperando atrapado, y el juego se para.
Entonces empieza a llover. Ulises intenta meterla dentro él solo y el tejado se le dobla; Jacinta intenta salvar todos los botes de pintura a la vez y se le cae uno. Hasta que ella se da cuenta de que la pintura está cerrada y no se va a estropear, y propone salvar primero la casa. Cada uno la coge de un lado, y esta vez el tejado aguanta. Aquí ningún adulto hace de mediador, y tampoco hace falta: es una discusión sin golpes entre niños de 5 a 8 años, el tipo de desacuerdo sencillo al que se puede dar margen. La pelea por el papel se deshace cuando tienen un problema que solo pueden resolver entre los dos. La abuela no les dice qué hacer: avisa de que el cartón se moja, les sujeta la puerta y, al final, vuelve a jugar con ellos.
La guía que acompaña al cuento en la app propone una pregunta para después: «¿Qué posibilidades se te ocurren cuando dos personas quieren el mismo papel en un juego?».

Otra historia de Hansel y Gretel
La casa de chocolate
Jacinta y Ulises preparan una casa de cartón para representar Hansel y Gretel con su abuela. Se divierten pintando dulces, pero al elegir los papeles los dos quieren ser quien salva al otro y ninguno quiere quedarse esperando. Mientras discuten, las primeras gotas de lluvia caen sobre el decorado que han hecho juntos.
Leer este cuento infantil en la app de Semillita



