Mi hijo se siente fuera del grupo: cómo acompañarlo

Niño de unos seis años sentado en un muro junto a una mujer que le acompaña, mirando con calma hacia el patio del colegio donde juegan otros niños, fotografía natural

Tu hijo suelta la mochila en el pasillo y, mientras se quita los zapatos, lo cuenta como quien comenta el tiempo que ha hecho: «Hoy he preguntado si podía jugar y me han dicho que no». Después se va a por la merienda.

A ti se te encoge algo por dentro y llegan dos impulsos a la vez: arreglarlo (hablar con la maestra, averiguar quién ha sido) o quitarle importancia («mañana jugarán contigo»). Lo primero que suele hacer falta es más corto que cualquiera de los dos: una frase como «Vaya, qué mal rato. Aquí estoy si quieres contarme más», dicha a su ritmo. Los detalles van más abajo. Antes, un cuento que tiene esa misma escena.

Sale pronto en nuestra Adaptación de El Patito Feo, un cuento para niños de 5 a 7 años.

Una oca que no se convierte en cisne

En el cuento de Andersen el patito acaba resultando un cisne y encuentra su sitio cuando descubre lo que era desde el principio. En el nuestro, Ona es una oca pequeña y redondita, de plumas grises, que vive entre tres cisnes jóvenes (Lirio, Brisa y Alba) y sigue siendo una oca en la última página. Los que cambian son los cisnes.

Ona camina despacio, sonríe todo el rato y no mira su reflejo, sino todo lo demás: una libélula azul se le posa en el pico y ella se queda tan quieta que ni pestañea. Un día se acerca chapoteando a los cisnes y les pregunta si puede jugar. Lirio levanta el cuello y le contesta: «No. Eres demasiado torpe».

Ona no se enfada, pero deja de sonreír un poco. El cuento no la obliga a estar bien: deja que le duela. Después nada hasta un nenúfar y le canta una canción a una rana, por si está triste. Un día Alba pasa volando, ve el corazón de ramitas que Ona ha hecho en la orilla y dice: «Qué rarita es esta oca». Ona le sonríe y sigue con lo suyo.

A lo largo del cuento cada cisne pasa un mal rato: Lirio se enreda en unos juncos, Brisa se cae en el lodo y Alba se esconde asustada en el bosque. Ona ayuda a los tres sin echarles nada en cara. Lirio le deja una flor, Brisa le hace un sitio en el círculo y Alba le susurra: «Perdóname».

La lectura que no queremos que se quede

Ona entra en el círculo después de ayudar a los tres. ¿Dice el cuento que hay que ganarse el sitio cuidando de quien te deja fuera? Es una lectura posible, y es la que menos nos gustaría que se llevara tu hijo. En las páginas, Ona ya cuidaba de los demás antes de que nadie la necesitara (la rana), no vuelve a pedir que la dejen jugar y son los cisnes quienes se acercan.

Aun así, en la vida real no siempre llega un momento en que el grupo te necesite, ni un «perdóname» al final. Por eso importa la conversación de después.

Puedes preguntarle si Ona tenía que ayudarlos para que la dejaran entrar en el círculo. Si dice que sí, no se lo corrijas de entrada: pregúntale qué habría pasado si no los hubiera ayudado. A esa edad el «¿por qué?» a secas suele quedarse en un «no sé», y una situación concreta le da algo a lo que agarrarse. Después de escucharlo, dile lo que piensas: que nadie tiene que ayudar a otro para merecer su sitio en el círculo.

Qué puedes hacer si es tu hijo el que se queda fuera

Una niña y un niño de unos cinco años sentados en una alfombra, cada uno con su propia torre de bloques de madera, jugando uno al lado del otro, fotografía natural

Son ideas de práctica habitual. Donde citamos a la Academia Americana de Pediatría (AAP), son páginas de divulgación suyas, no estudios.

Ponte de su lado, sin dramatizar. La AAP recuerda, en su página para niños de 5 a 12 años, que la mayoría de los niños acaba sintiéndose rechazado por sus compañeros en algún momento, y recomienda dejarle claro que estás de su lado (AAP, sobre los problemas con los compañeros). Si lo cuenta de pasada, como el de la escena, sigue su tono: la frase corta de arriba en ese momento y la conversación larga cuando él quiera. Si pasan uno o dos días y no vuelve a sacarlo, abre tú la puerta con algo suave («¿con quién has jugado hoy?»), sin convertirlo en un interrogatorio diario. Y si lo cuenta llorando, la frase es la misma: quédate a su lado un rato antes de preguntar nada.

Pregúntale qué quería. «¿Querías jugar a eso o te daba igual?» y «¿cómo lo pediste?» ayudan a separar tres situaciones. Si prefería otro plan, no hay nada que arreglar: interésate por lo que le gusta y ayúdale a buscar con quién compartirlo. Si quería entrar y no supo cómo, toca ensayar. Y si pidió bien y le dijeron que no igual, no hay nada que ensayar: un «no» no significa que lo hiciera mal, y lo que toca es acompañarlo y, si se repite, mirarlo con la maestra.

Ensaya con él cómo entrar. Preguntar «¿puedo jugar?», como hizo Ona, a veces funciona y a veces recibe un no. Otras formas que se suelen proponer son mirar un rato a qué juegan y sumar algo que encaje (si juegan a las tiendas, llegar con una bolsa para comprar) o ponerse a jugar al lado hasta que el juego se junte solo. Se prueban mejor en casa, con muñecos, que en mitad del recreo.

Busca a un solo niño. Invitar a un compañero a casa o al parque, de uno en uno, suele ser más llevadero que entrar en un grupo ya formado, y te deja ver cómo juega tu hijo con otros. La AAP recuerda que, aunque a veces los niños se las arreglan solos, es poco habitual aprender a hacer amigos sin apoyo ni el ejemplo de amistades sanas (AAP, sobre apoyar las amistades).

Y si el que deja fuera es el tuyo. En cada clase hay niños que dicen «no» a otro, y el cuento no los trata como villanos: Lirio, Brisa y Alba acaban aprendiendo algo. Un «ahora no quiero jugar a eso» es normal. Lo que conviene atender es un «tú no, porque eres torpe» o dejar siempre fuera al mismo, y en ese caso la AAP aconseja actuar pronto y averiguar con él qué hay detrás (AAP, sobre el acoso). Pregúntale qué pasó sin ponerle etiquetas, ponle palabras a cómo se sintió el otro y ofrécele una forma de arreglarlo, como en el cuento: una flor, un sitio en el círculo, un «perdóname».

Cuándo mirar más de cerca

Un «hoy no me han dejado jugar» no es acoso. La AAP llama acoso social a cuando dos o más niños van contra otro e intentan avergonzarlo o aislarlo, por ejemplo dejándolo fuera de actividades. Para distinguirlo de un mal día no hay una regla exacta, pero ayuda mirar si son siempre los mismos niños, si lo hacen a propósito, si hay burlas o insultos, si uno manda y los demás le siguen y si dura semanas. Si hay golpes, amenazas o cosas rotas, no esperes semanas.

La AAP añade que el rechazo puede ser una reacción del grupo hacia alguien al que ven como diferente, o venir de una conducta que hay que atender. Esa conducta puede ser, por ejemplo, que quiera mandar en el juego, que le cueste esperar su turno o que juegue muy brusco. Conviene mirar las dos posibilidades sin dar por hecho que el problema es de los otros ni de tu hijo. Si es lo primero, lo que tiene que cambiar es el grupo y no el niño, y eso es cosa de la maestra y de la escuela.

Una primera vez no pide cita: basta con mencionárselo de pasada a la maestra. Si parece un patrón, la AAP aconseja pedir una cita con ella, con la dirección o el orientador si hace falta, y que alguien del recreo y del comedor cuente qué pasa allí.

Entre las señales de acoso que recoge la AAP hay dolores de tripa o de cabeza, odiar o evitar el colegio, pesadillas, que le falten o le rompan cosas y esconderse de las situaciones sociales, y aclara que algunas pueden venir de otros problemas. Si las ves, habla con él sin juzgar y cuéntaselo a la maestra y al pediatra sin esperar a tener toda la información. Dile también que no es culpa suya y que contárselo a un adulto no es chivarse. Los dolores, que los vea primero el pediatra, porque pueden tener una causa médica. Si además lo ves apagado la mayor parte del tiempo o le cambian el sueño o el apetito, pide ayuda al pediatra o a un psicólogo infantil.

A veces lo que le hace sentirse distinto es algo concreto, como una sensibilidad marcada a los ruidos o a los sitios con mucha gente (en «Mi hijo es muy sensible al ruido» lo contamos con calma). Y si le cuesta mucho entender los juegos de los demás o hablar con ellos, coméntalo con su pediatra o con la escuela.

Cómo leerlo en casa

Además de la pregunta sobre Ona y el círculo, la guía que acompaña al cuento en la app propone dos más: «¿Alguna vez te sentiste distinto a los demás en la escuela o en el parque? ¿Cómo fue?» y «¿Qué cosas te hacen feliz a ti aunque a tus amigos no les llamen tanto la atención?». La segunda es la de Ona: antes de que ningún cisne la mirara, ya era feliz con una libélula en el pico.

Adaptación de El Patito Feo

Adaptación de El Patito Feo

El Corazón de la Bandada · Tu diferencia es tu superpoder

Ona es una oca pequeña y redonda que vive a orillas del Lago Blanco entre tres cisnes jóvenes muy elegantes. Mientras ellos se preocupan por parecer perfectos, Ona observa libélulas, canturrea bajito y disfruta de las cosas pequeñas. Cuando algo sale mal en el lago, ella reacciona desde la ternura, sin pedir nada a cambio. Una historia sobre la diferencia que se queda sin pedir permiso.

Leer este cuento infantil en la app de Semillita
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