Martes, seis y media de la tarde. Sales de natación con tu hijo, que aún lleva el pelo mojado, y vais directos a inglés; la merienda, en el coche. En casa quedan los deberes, el baño y la cena, y se queda dormido en el sofá antes de que acabes el cuento. Y te preguntas si no será demasiado. O al revés: si le quitas una actividad, ¿se quedará atrás?
¿Cuántas son demasiadas?
No hay una cifra. Un informe de 2006 de la Sociedad para la Investigación del Desarrollo Infantil (SRCD), con datos de Estados Unidos de niños y adolescentes de 5 a 18 años, encontró que dedicaban de media unas 5 horas a la semana a actividades organizadas, contando a los que no hacían ninguna. Solo entre un 3 y un 6 % pasaba de 20 horas (SRCD, sobre las actividades extraescolares).
El mismo informe vio que los que hacían alguna actividad solían ir mejor que los que no hacían ninguna. Son datos de asociación, y la muestra llega hasta los 18 años, así que dicen más de un adolescente que de un niño de 5. En aquella muestra, la mayoría estaba lejos de ir sobrecargada. Pero el rato libre se puede ir gastando por otros lados: deberes, trayectos, pantallas. Por eso lo que conviene mirar es qué le quita la semana entera al tuyo: horas de sueño, juego libre, ratos sin hacer nada y tiempo en familia.
¿Y si se queda atrás?
El informe de la SRCD también miró al pequeño grupo de más de 20 horas: en general no les iba peor que a los que no hacían ninguna actividad, aunque algunos pasaban menos tiempo con sus padres. Y recoge que, con muchísimas horas, los beneficios pueden dejar de crecer. Ningún estudio que conozcamos mira algo tan fino como pasar de cuatro actividades a tres en un niño de 6 años, ni en un sentido ni en otro.
Ayuda separar las que están por algo concreto de las que están por si acaso. Aprender a nadar tiene que ver con su seguridad, y hay actividades que cubren horas en las que trabajas: esas no se miden igual que el inglés que empezó «para que no se quede atrás».
Lo que se pierde cuando no queda hueco
La Academia Americana de Pediatría (AAP) explica que el tiempo que los niños tienen para jugar lleva décadas bajando. Entre los motivos cita los horarios familiares y escolares muy estructurados, que los padres trabajan cada vez más fuera de casa, que hay menos sitios seguros para jugar y que se usan más las pantallas (AAP, sobre el poder del juego).
En un estudio pequeño, con 70 niños de 6 y 7 años, se les pidió decir en un minuto todos los animales que se les ocurrieran, saltando ellos de un grupo a otro cuando se les acababa uno. Los que pasaban más tiempo en actividades poco estructuradas lo hacían mejor; cuanto más tiempo organizado por adultos (clases, entrenamientos y también deberes), peor les salía. Como poco estructurado contaban el juego libre, leer, dibujar, las salidas y visitas a familiares y amigos, y también el rato de pantallas. Son datos de asociación: puede que los niños que ya se organizan mejor elijan más juego libre, y los propios autores lo dicen (Barker y colaboradores, 2014).
Y está el sueño. Las horas que respalda la AAP son de 11 a 14 al día entre 1 y 2 años y de 10 a 13 entre los 3 y los 5, con siesta incluida, y de 9 a 12 entre los 6 y los 12. Dormir poco de forma habitual suele traer irritabilidad y dificultad para concentrarse (AAP, sobre las horas de sueño). Si las actividades le quitan horas de dormir, es lo primero que conviene recuperar; en los menores de 5 años, la siesta suele ser lo primero que cae cuando la agenda aprieta.
Señales de que el ritmo no le va
Son pistas, no un diagnóstico:
- Está cansado o irritable casi todos los días, o se queda dormido en cuanto se sienta.
- Protesta antes de ir a una actividad que antes le gustaba. Si es solo con una, mira primero qué pasa allí (un compañero, el monitor) antes de pensar que es exceso.
- No le queda ningún rato para jugar sin que nadie le diga a qué.
- Le cuesta más dormirse o duerme menos que antes. En los más pequeños, deja la siesta antes de tiempo o se duerme en el coche a deshoras.
- Le angustia hacerlo mal o tiene miedo a decepcionarte. En un estudio con chicos de 13 y 14 años de familias acomodadas, su malestar tenía mucho más que ver con sentir que sus padres les criticaban que con el número de actividades (Luthar y colaboradores, 2006). Es un estudio con adolescentes, pero da una pista: cómo se vive la agenda en casa puede pesar más que lo llena que esté.
Y una señal de la familia, más que del niño: que las tardes sean una carrera y la merienda se haga casi siempre en el coche.
Cómo encontrar su ritmo

Mira la semana entera. Apúntalo todo en un papel, también los deberes, los trayectos y los cumpleaños. A veces el problema es que no queda ningún hueco, más que una actividad concreta.
Busca una tarde sin plan, si se puede. Si las actividades cubren tus horas de trabajo, que al menos una de esas tardes sea poco estructurada: el parque, la ludoteca o una tarde con la abuela, en lugar de otra clase. Ese rato no hace falta llenarlo (de esto hablamos en «El aburrimiento no es el enemigo»).
Pregúntale con opciones concretas. «El jueves, ¿prefieres ir a natación o al parque con la abuela?» funciona mejor que «¿cuál dejarías?». Pregúntaselo más de una vez y no cuando esté cansado: a estas edades las preferencias cambian de un día para otro.
Hay pasos intermedios. No todo es seguir o dejarla: se puede pasar de dos días a uno, mover algo al fin de semana o alternar actividades por trimestres. Si le encantan todas pero vuelve agotado, prueba a reducir días antes que quitar ninguna.
Dejar una tiene vuelta atrás. Se puede parar una temporada y retomarla después, o acabar el trimestre ya pagado y no apuntarse al siguiente. Si protesta en una fase difícil (un cambio de nivel, una frustración concreta), puede valer la pena esperar a que pase; si lleva semanas sin disfrutarla nunca, ya es otra cosa.
Si le encanta tener muchas y está bien, no hace falta recortar. Hay niños a los que les sienta bien un ritmo alto. Si disfruta, duerme lo que necesita y le quedan ratos libres, no hay nada que arreglar.
Cuenta a toda la familia. El hermano pequeño que pasa las tardes en el coche y en la grada también vive esa agenda. Y llevar y traer de una actividad a otra cansa a todos: tu cansancio también cuenta.
Cuándo comentarlo con el pediatra
Si después de aligerar la agenda unas semanas lo sigues viendo irritable o apagado casi todos los días, probablemente no era solo la agenda. Coméntalo con el pediatra y con su tutor o tutora del colegio, que lo ve cada día: vale la pena mirar el ánimo, la ansiedad o el sueño. En los niños, el ánimo bajo se nota muchas veces como irritabilidad más que como tristeza.
Hay cosas que conviene consultar sin esperar a ver si mejoran. Que durante dos semanas o más haya perdido las ganas de casi todo, no solo de las actividades, o que le cambie mucho el sueño o el apetito. Que ronque o parezca hacer pausas al respirar mientras duerme: pasa más de lo que parece a estas edades, a menudo por amígdalas o vegetaciones grandes, y puede explicar el cansancio de día. Y los dolores de tripa o de cabeza frecuentes: que los vea primero el pediatra, y cuéntale si aparecen sobre todo antes de una actividad concreta o del colegio.
Si alguna vez dice que quiere hacerse daño o desaparecer, no esperes: consúltalo ese mismo día.
Un colibrí que lo visitó todo
En La Tortuga y el Colibrí, un cuento para niños de 5 a 8 años, Serena, una tortuga, y Rayo, un colibrí, van juntos al Festival de las Flores. Rayo vuela de flor en flor todo el día, juega con otros colibríes y no se detiene mucho en ninguna, porque siempre hay otra más brillante un poco más lejos. Serena se queda junto a un girasol, le pregunta cómo se llama y escucha su historia.
Días después, cuando Serena le pregunta si ha vuelto a saber de alguna de las flores, Rayo casi no recuerda nada del festival: «Vi muchas flores», admite, «pero no conozco a ninguna». Había visitado cien flores en un día y no tenía ni un solo amigo nuevo.
El cuento no convierte la prisa en un defecto. Al final, Rayo sigue siendo rápido y le encanta explorar, «eso es parte de quién es», pero ahora también sabe detenerse. Con la agenda de un niño se busca algo parecido: que conserve lo que le gusta y le quede tiempo para disfrutarlo.
La guía que acompaña al cuento en la app propone una pregunta que sirve también para revisar la semana: «¿Qué prefieres: probar muchos juegos nuevos o jugar mucho tiempo con tu favorito? ¿Por qué?». La respuesta te dará una pista de si tu hijo es más de Rayo o más de Serena, y las dos cosas están bien.

La Tortuga y el Colibrí
Un festival, dos maneras de vivirlo
Serena la tortuga y Rayo el colibrí son grandes amigos que van juntos al Festival de las Flores Doradas. Mientras Rayo intenta visitarlo todo de forma frenética, Serena dedica todo su tiempo a conocer profundamente a una sola flor, Pistilo el girasol. Días después, cuando Serena va a visitar a su nuevo amigo, Rayo se da cuenta de que aunque él vio muchas flores, no recuerda ninguna con claridad y no hizo ningún amigo nuevo. Esta historia enseña sobre la diferencia entre cantidad y calidad, entre experiencias superficiales y conexiones profundas, y cómo elegir conscientemente en qué invertir nuestra atención.
Leer este cuento infantil en la app de Semillita



