Pantallas en casa con niños pequeños: cuánto es demasiado y qué cambiar

Niña de unos seis años jugando a emparejar cartas con su padre sobre una alfombra, los dos riéndose, fotografía natural

Sábado por la mañana. Tu hija ve dibujos en la tableta desde que se ha despertado, tú contestas un mensaje del trabajo, «solo un momento», y la tele sigue encendida de fondo porque nadie se ha acordado de apagarla. Nadie ha hecho nada malo. Pero cuando levantas la vista son las once, y en toda la mañana no habéis hablado de nada.

La pregunta que solemos hacernos es cuánto tiempo puede pasar un niño delante de una pantalla. Con niños pequeños cuenta casi tanto lo que hay en la pantalla, para qué se usa, con quién se mira y lo que deja fuera. Y en esa cuenta entran también los móviles de los adultos.

Cuánto tiempo, según las guías (que no coinciden)

Con menores de 2 años, la Organización Mundial de la Salud (OMS) no recomienda ningún tiempo de pantalla. Entre los 2 y los 4 años dice que el tiempo sentado delante de una pantalla no debería pasar de una hora al día, y que cuanto menos, mejor (OMS, sobre las directrices para menores de 5 años). La Academia Americana de Pediatría (AAP), en su declaración de 2016, que es la que da cifras, pide evitarlas antes de los 18 meses, salvo las videollamadas con la familia. Entre los 18 y los 24 meses, si se introducen, contenido de calidad y siempre acompañados. Y entre los 2 y los 5 años, como mucho una hora al día de programas de calidad, vistos con un adulto.

La Asociación Española de Pediatría va más allá. Desde 2024 recomienda evitarlas hasta los 6 años, porque considera que no hay un tiempo seguro, y dejarlas para videollamadas cortas con familiares (AEP, Plan Digital Familiar).

Todas apuntan en la misma dirección: menos rato quieto delante de una pantalla y más juego, sueño y ratos de leer o contar cuentos con un adulto. En la mayoría de las casas hay pantallas, y lo que sigue ayuda a que ocupen menos sitio y a usarlas mejor cuando estén.

Lo que importa además de los minutos

La AAP propone, además, mirar cinco cosas (AAP, sobre las pantallas de 2 a 4 años).

Cómo es tu hijo. A unos niños les cuesta muchísimo dejar la pantalla y otros la sueltan sin problema. Saber cómo reacciona el tuyo ayuda a poner límites a su medida.

Qué ve. Programas pensados para su edad y lo menos posible de vídeos con publicidad. Si ve vídeos en internet, hazle una lista con los que te parecen bien y quita la reproducción automática, para que no sea el algoritmo quien decida el siguiente.

Para qué la usa. Ponerle algo para poder ducharte o hacer la cena no es un fracaso: ayuda decidir antes qué va a ver y que tenga un final claro. Lo que la AAP desaconseja es dársela cada vez que está enfadado o aburrido, porque así pierde ocasiones de aprender a calmarse de otra manera.

Qué deja fuera. Lo que más conviene vigilar es si se come el sueño, el juego, la conversación o la comida: el niño que solo come con dibujos delante es una escena que muchas familias reconocen.

Si habláis de lo que ve. Ver algo juntos y comentarlo después le ayuda a entenderlo. Con 4 o 5 años, «¿Por qué crees que estaba triste el conejo?»; con 2 o 3, ponerle nombre: «Mira, el conejo llora. Está triste».

Las pantallas de los mayores

En un estudio que siguió durante seis meses a 183 parejas con hijos de 0 a 5 años, la relación iba en las dos direcciones: los padres estresados por un niño que daba más guerra se refugiaban más en el móvil y otros aparatos, y más interrupciones por la tecnología se asociaban con más problemas de conducta meses después. Son datos que contaban los propios padres (McDaniel y Radesky, 2018).

La tele de fondo también cuenta. En un experimento en un laboratorio con 51 niños de 1 a 3 años que jugaban con uno de sus padres, cuando había una tele encendida con un programa para adultos, los padres hablaban menos con sus hijos y la interacción era de peor calidad (Kirkorian y colaboradores, 2009).

Contar algo a alguien que te mira se nota distinto que contárselo a alguien que mira el móvil. La AAP propone hacer un plan de pantallas para toda la familia, padres incluidos (AAP, consejos para la era digital). Y cuando tengas que usar el móvil delante de tu hijo, decirle qué estás haciendo («Le estoy contestando a la abuela») puede ayudarle a entender por qué no le miras.

Por dónde empezar

No hace falta cambiarlo todo a la vez. Empieza por una sola cosa, la que menos guerra dé.

Apaga la tele que nadie está viendo. Es lo más fácil y lo que menos protestas trae.

La tableta de la mañana, fuera de su alcance. Deja a mano una cesta con cuentos o juguetes junto a la cama. Es normal que los primeros días proteste.

El móvil del trabajo, a horas fijas. Si tienes que estar localizable, míralo a ratos acordados o sal de la habitación para contestar.

Ideas para el día a día

Niño de unos cuatro años contándole algo a su madre durante la cena, sentados a la mesa de la cocina, fotografía natural

Momentos y sitios sin pantalla. La AAP propone las comidas y la hora de dormir, para todos, y el modo «no molestar» en el móvil de los adultos. En su dormitorio, ni tele ni tableta; tu móvil, si puedes, cargando fuera.

Ni acceso libre ni a cualquier hora. La AAP aconseja no dejarle acceso libre a la tableta o al móvil. A los pequeños les ayudan las rutinas: si la pantalla tiene su momento («mientras me ducho», «después de la siesta»), se discute menos.

Avisa antes de apagar. «Cuando acabe este capítulo, apagamos». La AAP sugiere usar el temporizador del propio aparato; ajústalo para que suene al acabar el capítulo y no a mitad.

Siéntate con él cuando puedas. Lo que recomienda la AAP es verlo juntos; cuando no se pueda, que no pase mucho sin sentarte un rato a su lado.

Con hermanos de distinta edad, lo que ve el mayor lo ve el pequeño: cuando estén juntos, elige pensando en el menor.

Deja sitio al aburrimiento. Un rato sin nada que hacer no hay que llenarlo siempre con una pantalla. Mientras cocinas, puede tener su propia caja de cosas en la cocina o ayudarte a lavar algo. De esto hablamos en «El aburrimiento no es el enemigo».

Que no sea premio ni castigo. Si la pantalla se gana o se pierde según cómo se porta, gana importancia y se discute más por ella. Para premiar, mejor otra cosa: elegir el cuento de la noche o un rato más de juego contigo.

Cuándo comentarlo con el pediatra

Según la AAP, en niños pequeños hay dos señales de que el uso se está complicando: las discusiones constantes por las pantallas y que pierda el interés por otras cosas (AAP, consejos para la era digital). También conviene comentarlo si le quitan horas de sueño o de moverse, o si solo come con dibujos delante. Para eso basta con sacarlo en la próxima revisión; si queda lejos, pide cita o coméntalo con la enfermera de pediatría.

Con el lenguaje y la relación con los demás, no esperes. Consulta ya si no dice ninguna palabra hacia los 16-18 meses, si a los 2 años no junta dos palabras, si no responde a su nombre, si no señala para enseñarte algo o no te mira para compartir lo que ve, o si pierde palabras, gestos o maneras de relacionarse que ya tenía. Y no lo atribuyas sin más a las pantallas: puedes reducirlas a la vez, pero no esperes a ver si mejora para consultar.

Un cuento con una foto al final

En El Cachorrito Explorador de Montañas, un cuento para niños de 4 a 7 años, Daniel, un perrito de ciudad, sube a la montaña con música en los oídos y mirando la pantalla, y no ve nada del camino (lo contamos entero en «Mindfulness para niños»). Hay dos detalles que encajan con este tema. El primero, que Daniel no va solo: el adulto que le acompaña sube mirando el GPS. El segundo, que el teléfono no desaparece del cuento: al final, Daniel lo saca para hacer una foto a una flor, después de haberla mirado.

Un cuento en una pantalla también es una pantalla: si lo usáis, mejor juntos y hablando de él. Una idea para después: la próxima vez que salgáis, que te pida el móvil para hacer una foto a algo, pero solo cuando lo haya mirado un buen rato.

El Pequeño Explorador de Montañas

El Pequeño Explorador de Montañas

Aventuras en las cumbres más altas

Daniel es un perrito joven que viaja desde la ciudad hacia la aldea de montaña donde vive su prima Nina. Durante el viaje de ida, va absorto con auriculares y distracciones, y se pierde completamente la belleza del camino: cascadas, animales, árboles centenarios. Al llegar, Nina se da cuenta de que su primo no estuvo ahí realmente. Nina le propone un reto para el viaje de vuelta: guardar las distracciones y usar un mapa diferente, uno hecho de cosas que buscar con los sentidos. Daniel acepta y descubre que el mismo camino, recorrido con presencia y atención, se convierte en una aventura extraordinaria. Aprende que primero hay que estar presente, y después, si quieres, puedes capturar el momento.

Leer este cuento infantil en la app de Semillita
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