El reloj de la cocina marca las cinco y media, fuera sigue oscuro y tu hijo está de pie junto a tu cama, despierto del todo. Ayer a esa hora dormía a pierna suelta. Esta mañana, para él, no son las cinco y media: son las seis y media, que es cuando se levanta siempre. Lo único que ha cambiado en casa es la hora que marcan los relojes.
En otras casas pasa a la inversa. La hora se adelanta y el niño que se dormía a las ocho y media da vueltas en la cama con los ojos abiertos, porque su cuerpo cree que son las siete y media. Y si vives donde la hora no cambia nunca, esto te sirve igual para un viaje con diferencia horaria, para un cole con otro horario o para el sueño al terminar el curso.
Por qué una hora se nota tanto
Un niño pequeño no mira el reloj para saber si es de noche. Dentro lleva el suyo, que se ajusta sobre todo con la luz y con lo que pasa cada día a las mismas horas: cuándo se levanta, cuándo come, cuándo sale a la calle, cuándo se baña. Cuando cambia la hora, el reloj de pared salta de golpe y el del cuerpo se queda donde estaba. Durante unos días, el sueño, el hambre y las ganas de jugar le llegan una hora antes o una hora después de lo que marcan los relojes de casa.
En niños pequeños el cambio de hora se ha estudiado poco, así que lo que sigue mezcla lo que se sabe del reloj del cuerpo en general con lo que cuentan las familias y los pediatras.
Lo habitual es que el desajuste dure unos días, y en algunos niños se alarga hasta un par de semanas. Normalmente no es un retroceso ni indica que algo vaya mal con su sueño. Habrá alguna noche mala en medio, y es esperable. Si pasadas dos semanas sigue durmiendo claramente peor que antes, habla con su pediatra, que mirará también otras causas, y consúltale también antes de plantearte melatonina u otro suplemento.
La luz marca el sentido

La luz es una de las señales con más peso para poner en hora el reloj del cuerpo. La de la mañana lo adelanta y la de la tarde y la noche lo retrasa, y por eso el consejo cambia según hacia dónde se haya movido la hora. Las comidas y el juego al aire libre a su hora nueva pueden ayudar también.
Qué hacer según hacia dónde se mueva la hora
Si la hora se atrasa, el niño se despierta una hora antes de lo que marca el reloj y por la tarde le entra el sueño antes de lo esperado. Por la mañana, intenta que esa primera hora sea tranquila y con las luces de casa bajas, para que el cuerpo no la tome por el arranque del día; si no hay forma, no pasa nada, son pocos días. Por la tarde, luz y movimiento ayudan a que aguante hasta la hora nueva. Si a las siete se cae de sueño, acuéstalo un poco antes esa noche y ve retrasando la hora de acostarlo en pasos pequeños.
Si la hora se adelanta, lo que cuesta es dormirse a la hora nueva, porque el cuerpo cree que todavía queda una hora de día, y después levantarse. Por la mañana, luz abundante nada más despertar (si fuera todavía es de noche, enciende las luces de casa) y, si hay que despertarlo para llegar al cole, mejor con calma. Por la noche, luz más baja y más cálida desde un rato antes de acostarlo y, si puede ser, sin pantallas. No exijas que se duerma a la primera: si tarda, acompáñale en esa espera sin darle más conversación ni más juego.
De golpe o poco a poco
Hay dos formas de hacerlo y las dos son razonables.
La primera es vivir con la hora nueva desde el primer día: cena, baño y cama según el reloj nuevo, y esperar a que el cuerpo se ponga al día. Es lo más sencillo de organizar y va a la par del resto del mundo, el cole incluido.
La segunda es ir moviendo cena, baño y cama el mismo cuarto de hora cada día hacia la hora nueva, más tarde si la hora se atrasa y más temprano si se adelanta. Con cuatro pasos de ese tamaño se completa la hora. Puede empezar unos días antes del cambio o, si ya ha llegado, ir recolocándolo después. A muchas familias con un niño al que le cuestan los cambios les resulta más llevadero, aunque pide más organización.
La siesta, si todavía la hace, se mueve igual que el resto del día. En niños pequeños no hay datos claros de que una de las dos formas funcione mejor que la otra, así que elige la que encaje con tu casa y con el niño que tienes.
Lo que se queda como estaba
En los niños pequeños la noche se reconoce por lo que pasa antes: el baño, la cena, el pijama, el cuento, la luz que baja. Con el cambio de hora basta con correr un poco el momento en que empieza todo; lo que ocurre dentro puede quedarse igual, en el mismo orden y con las mismas palabras de despedida.
Si todavía no tienes una rutina de antes de dormir, en el artículo sobre el ritual del sueño tienes cómo montarla.
Una despedida del día que no mira el reloj
Un buen ejemplo es Gracias por hoy. Bellota, una ardilla pequeña y muy movida, no quiere dormirse: cree que sus juguetes todavía quieren seguir jugando con él. Su abuela no le pide que pare. Le propone darles las buenas noches a cada uno, recordando algo bueno que hicieron juntos ese día, y Bellota se despide de la pelota de lana, del oso, de la mecedora y de su almohada. Al final es la abuela quien le da las buenas noches a él, y el pecho de los dos sube y baja a la vez.

Gracias por hoy
Un cuento de buenas noches
Bellota es una cría de ardilla llena de energía que, a la hora de acostarse, siente que sus juguetes aún lo necesitan para seguir jugando. En lugar de pedirle que pare, la Abuela Ardilla le propone un pacto especial: darles las buenas noches a cada uno, recordando lo bien que lo han pasado juntos durante el día. Poco a poco, Bellota descubre que cuidar de sus juguetes también es una forma de cuidarse a sí mismo.
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