Llevaba diez minutos intentando dar una voltereta en la colchoneta. Cada intento acababa de lado, y cada intento acababa con risa. Hasta que llegó otro niño y la hizo entera a la primera. Entonces se sentó. Y cuando le dijiste que siguiera, te contestó que ya no le apetecía.
La voltereta no se ha vuelto más difícil en ese rato. Lo que hay ahora es alguien delante que ya sabe hacerla.
Por qué deja de intentarlo
Sorprende la velocidad con la que abandona algo que un minuto antes le estaba divirtiendo.
Visto desde dentro tiene bastante lógica. Mientras nadie sabía hacerlo, cada intento fallido formaba parte del juego. En cuanto aparece alguien que sí sabe, ese mismo intento fallido pasa a demostrar algo. Y entonces dejar de intentarlo deja de ser rendirse para convertirse en protegerse: si no lo intento, no queda demostrado que no sé.
Por eso el «venga, otra vez, que tú puedes» rebota tantas veces. Le estás pidiendo exactamente aquello que acaba de decidir que no va a hacer, y por el mismo motivo por el que lo decidió.
Está sentado y no piensa moverse
Empecemos por el momento incómodo, que es el que tienes delante: se ha sentado, hay gente alrededor y no te lo puedes llevar a casa.
Ahí lo que mejor funciona es de las pocas cosas que no cuestan nada: dejarlo estar. Un «vale» tranquilo, sin cara de decepción y sin negociación, y seguir con lo tuyo. Si insistes, le confirmas que aquello era importante y que ha quedado en evidencia. Si le montas un discurso sobre el esfuerzo, igual.
Y si se queda mirando a los demás, déjalo mirar todo el rato que quiera. A esa edad observar es una forma legítima de participar, y es bastante frecuente que un niño se pase una tarde entera mirando y a la semana siguiente lo haga a la primera, sin avisar. Mirar es parte del aprendizaje, no lo contrario.
Lo que sí conviene es no dar el asunto por cerrado. El reintento no toca ahí; toca en otro sitio y sin público, y a eso volvemos más abajo.
Tres respuestas que suelen empeorarlo
Las decimos todos, y salen precisamente en el peor momento: con el otro hijo tirándote del brazo y medio parque mirando. Van aquí porque conviene reconocerlas, no para fichar a nadie.
«Tú también llegarás.» Es verdad y sirve de poco. Le ofreces un consuelo que vive en un futuro que él no ve, mientras el problema lo tiene delante ahora mismo. Y de paso le confirmas lo que teme: que hoy, efectivamente, va por detrás.
«No te compares.» Le pides que deje de sentir algo que ya está sintiendo. Además le enseña que compararse es algo que está mal, así que la próxima vez que le pase se lo callará en lugar de contártelo.
Compararlo de vuelta. «Ya, pero tú corres más rápido que él.» Sale con toda la buena intención del mundo y refuerza justo lo que queríamos desmontar, que es la idea de que uno vale según dónde queda respecto a los demás. Hoy gana. Mañana, con otro niño y otra habilidad, pierde por ese mismo criterio.
Cambiar la vara de medir
Lo que sí mueve algo es cambiar contra quién se mide. De «él y yo» a «yo ahora y yo hace un rato».
Suena abstracto y se hace de una forma muy concreta: diciéndole en voz alta lo que acaba de conseguir, en el momento exacto en que lo consigue. «Has aguantado de pie más rato que antes.» «Esta vez has llegado hasta la mitad.» Y sin esperar a que le salga entero.
Un niño que está aprendiendo algo casi nunca ve su propio avance, porque lo mide contra el resultado final y el resultado final sigue lejos. Alguien de fuera tiene que contarle el trozo de camino que ya lleva hecho.
Quitar público
Hay una cosa que casi siempre se puede cambiar y que se nos suele olvidar: quién está mirando.
Un niño que se ha plantado delante de sus primos vuelve a intentarlo en el salón de casa cuando no hay nadie. Eso no es cabezonería ni manipulación: el coste de fallar cambia mucho según quién lo esté viendo, y para él ese coste es real.

Así que antes de insistir, prueba a mover el escenario. En casa, sin espectadores y sin que nadie esté esperando su turno. Lo que consiga ahí se lo lleva puesto cuando vuelva a haber gente delante.
Y si además el primer paso que le propones queda por debajo de lo que le asusta, mejor todavía. De eso va Mi hijo tiene miedo de intentar cosas nuevas.
¿No es pronto para que le pase esto?
Es la pregunta que casi siempre aparece, sobre todo con los más pequeños.
Los niños comparan cantidades mucho antes que capacidades. Quién tiene más galletas, o de quién es el vaso más grande: eso se nota ya alrededor de los dos o tres años. Compararse a uno mismo exige algo más difícil, que es mirarse desde fuera con los ojos de otro, y en el desarrollo típico eso se afianza más tarde, entre los cinco y los siete años.
Esas edades son una referencia aproximada, no un calendario. Un niño de cuatro años con un hermano mayor puede llegar a esa conclusión mucho antes que otro de seis que no tiene con quién medirse en casa.
El caso de los hermanos
La comparación entre hermanos merece un punto aparte, porque no se acaba cuando se acaba la clase de natación. Vive en casa, a jornada completa.
Ahí pesan poco las comparaciones que hacemos en voz alta, y pesa bastante más la que el niño hace solo por tener la referencia delante todo el día. Con eso último no se puede hacer gran cosa, salvo dos cosas concretas.
No usar al mayor como unidad de medida. El «tu hermano a tu edad ya dormía solo» se cuela con facilidad y aterriza como una nota baja.
Buscarle ratos sin comparación posible. No hace falta una actividad extraescolar ni una tarde libre: valen diez minutos en la cocina mientras el otro está en la ducha, haciendo algo que sea suyo y que el hermano no esté haciendo mejor a dos metros.
Y cuando el que aprieta es el grupo entero y no un niño concreto, el mecanismo cambia un poco: se pasa de «él sabe y yo no» a «todos lo hacen menos yo». De eso hablamos en Cuando todos lo hacen.
Un cuento donde nadie le promete que llegará
En La Mariposa Valiente, Alina sale de la crisálida con unas alas nuevas enormes y se queda quieta en la rama. A su alrededor vuela el jardín entero: las libélulas cruzan como flechas, las abejas van de flor en flor sin dudar ni una vez. Ella mira y llega a la conclusión de costumbre: ellas saben volar y yo no.
Quien se le acerca es Zumbi, un abejorro peludo que vuela en zigzag y aterriza francamente mal. Lo primero que hace es contarle que él tampoco vuela como los demás. En ningún momento le promete que algún día volará como las mariposas grandes; le dice que su manera de volar será la suya.
Los pasos pequeños vienen después, y funcionan porque para entonces ya nadie se está midiendo con nadie. Es un buen cuento para leer con un niño que se ha quedado sentado en la colchoneta.

La Mariposa Valiente
Descubriendo la confianza paso a paso
Alina es una joven mariposa que acaba de transformarse y tiene unas alas nuevas y hermosas, pero siente miedo de usarlas por primera vez. Con la ayuda de su amigo Zumbi, un abejorro sabio y paciente, Alina descubre que la confianza se construye paso a paso y que atreverse a intentarlo es el primer gran vuelo.
Leer este cuento infantil en la app de SemillitaEn el próximo post: el niño que se exige a sí mismo mucho más de lo que le exige nadie.




