Le pedimos que obedezca y luego que sepa decir que no a un adulto

Niño de unos cuatro años con la mano levantada diciendo que no a un hombre mayor que se agacha a su altura y le escucha sin tocarle

Estáis en una comida familiar. Un primo adolescente le tiene cogido por la cintura haciéndole cosquillas, y él se ríe, se retuerce y dice «para» entre risa y risa. Nadie para. Tú lo miras desde la otra punta de la mesa y piensas que están jugando, que tampoco es para tanto, y que si dices algo se va a quedar un silencio raro.

Ese «para» es exactamente el mismo que quieres que sepa decir el día que importe de verdad.

El post anterior iba de pedir permiso y de parar cuando otro dice que no. Esta es la otra mitad, y es la difícil: qué pasa cuando quien pide es alguien mayor que él. Hablamos sobre todo de adultos, aunque vale igual para un chico o una chica que le saquen unos años.

Por qué a él le cuesta mucho más que a ti

«Haz caso a los mayores» es de las primeras normas que aprende, y se la enseñamos nosotros a diario. Contéstale a la señora. Que te está hablando la vecina. Todo eso es razonable por separado, y junto le deja un mensaje bastante claro: cuando un adulto te dice algo, se hace.

Así que cuando un adulto insiste, a los cuatro años no tiene mucho con qué responder. Se ríe sin ganas, se queda quieto o te busca a ti con la mirada para que le saques tú. Quedarse bloqueado a esa edad es muy frecuente y no dice nada de su carácter. La mayor parte de este trabajo es nuestra, y hay que decirlo antes de empezar con las frases.

No le enseñes a distinguir adultos, enséñale a distinguir peticiones

La palabra «extraño» no le sirve de criterio. Para un niño pequeño, un extraño es alguien con pinta rara; el vecino simpático que le saluda todos los días no entra en la categoría. Y la guía de la Academia Americana de Pediatría para prevenir el abuso sexual infantil recuerda dónde está el riesgo real: quien abusa de un niño suele ser alguien a quien el niño conoce, de la familia o del entorno cercano.

Por eso las reglas que le damos no hablan de personas. Hablan de lo que se le pide, y son cuatro:

  • Los problemas de los adultos los resuelven otros adultos. Que le pidan ayuda para poner la mesa está bien; que un adulto al que apenas conoce le pida irse con él a buscar un perro perdido, no. Ese ejemplo es el que usa KidsHealth al hablar de desconocidos.
  • Si alguien te pide que no nos cuentes algo, nos lo cuentas igual, y no te va a pasar nada por contarlo.
  • No se va a ningún sitio con nadie sin decírselo antes a quien te cuida.
  • Lo que tapa el bañador no se toca ni se mira, tampoco en una pantalla. Con una excepción, que él vive a diario: lavarle, cambiarle o curarle, y siempre sabiéndolo nosotros. Ayuda que sepa nombrar esas partes por su nombre, porque es lo que le permite contarlo.

Sirven para que, cuando algo no encaje, tenga ya una palabra para decírtelo. Ninguna de ellas le protege sola a los cuatro años, y esa parte nos toca a nosotros.

Las frases que puede usar

Niña de unos cuatro años abrazando su peluche y negando con la cabeza mientras una mujer sentada frente a ella acepta su no con la mano abierta

Cortas, porque las largas no le van a salir con alguien delante insistiendo: «No.» «No quiero.» «Para.» «No me gusta que me hagas eso.»

Y una que a esta edad suele salirle mejor que negarse de frente, porque escaparse cuesta menos: «Se lo voy a preguntar a mi mamá». O a su padre, o a quien le cuide ese día. Le da una salida sin tener que sostenerle la mirada a nadie.

Conviene añadirle lo que a veces viene después: si esa persona le contesta que no hace falta preguntar, o que esto queda entre los dos, eso es justo lo que tiene que venir a contarte.

En casa se ensaya sin convertirlo en examen. Pídele tú cosas suyas y acepta el «no» cuando llegue, también cuando te fastidie. Déjale decírtelo fuerte alguna vez, riéndose, como un juego. Lo que está aprendiendo ahí es que su «no» mueve algo, y eso no se aprende de oídas.

Su «no» solo existe si alguien lo cumple

Volvamos a las cosquillas. La duda de esa mesa es si se lo está pasando bien, y se resuelve con una regla corta: si dice «para», se para, aunque se esté riendo. La risa de las cosquillas sale sola y no sirve para saberlo.

Como levantarse y cruzar el comedor cuesta, ayuda llevar la frase pensada de casa, y puede ser tan poca cosa como «Ha dicho para. Descansad, y si quiere seguís». Dicho sin aspavientos, ofende bastante menos de lo que temes.

Y si esto te suena porque ya pasó y no dijiste nada, no se ha roto nada. Al día siguiente todavía sirve: «Vi que dijiste para y no pararon. Hiciste bien en decirlo, y la próxima vez lo paro yo». Llega con retraso y enseña lo mismo.

Que está bien decir «no» a cualquier persona, incluidos los adultos, cuando no quiere que le toquen o le abracen es de las cosas que esa misma guía de pediatría pone entre lo que hay que enseñarle pronto. En la puerta, cuando alguien espera un beso y él se esconde detrás de tu pierna, la parte incómoda te toca a ti: decirlo en voz alta delante del otro adulto. «Hoy no le apetece, dale la mano». Ese momento tenso lo pasas tú para que no lo pase él.

Porque lo contrario también se aprende rápido: si se niega y lo que recibe es una regañina delante de todos por maleducado, la próxima vez no se niega. Y ayuda mucho que te haya visto a ti decirle que no a otro adulto alguna vez, sin gritos y sin deshacerte después en disculpas.

Hay un límite, y decirlo claro evita que la regla se caiga a la primera. Hay cosas que no decide él: la silla del coche, ir de la mano al cruzar, la vacuna que toca, el baño, dejar que el pediatra le mire los oídos. Ahí no se le pide permiso, se le avisa. Esas excepciones son por salud o por cuidarle, y las hace quien le cuida. Con una prueba sencilla para él y para ti: si alguien le pide que no te lo cuente, ya no es una excepción.

Cuando el que pide da pena

Las peticiones difíciles muchas veces no dan miedo. Dan pena, o parecen un juego, o llegan envueltas en un regalo y en un trato de favor que le hace sentirse especial. Todo eso cuesta mucho más de rechazar que un susto, porque para decir que no tiene que cargar él con sentirse mal.

«Me voy a poner triste si no vienes». «Yo pensaba que tú eras mi amigo». «Nadie me ayuda nunca».

A un niño de cuatro años eso le desarma, y no porque no haya entendido la norma. La ha entendido, pero le puede la pena. Se le puede dar hecha la frase que le saca de ahí: «Si alguien se pone triste porque le dices que no, eso lo arreglan los mayores. Tú me lo cuentas y lo miramos juntos». Le quita de encima un trabajo que no es suyo y le deja la puerta abierta para contártelo.

A esta edad muchos niños ya notan ese apretón en la barriga cuando algo no les cuadra, y merece la pena ponerle nombre. Pero con alguien conocido y querido muchas veces no salta ningún aviso y todo parece un juego, y por eso las reglas no dependen de lo que sienta.

Si un día no consigue decir que no, no es culpa suya: bloquearse, reírse o quedarse quieto es una reacción muy común, en niños y también en adultos.

Y si viene a contarte algo: créele, no le interrogues, no le prometas guardarlo en secreto y pide ayuda ese mismo día. Lo contamos con detalle, y con a quién acudir, al hablar del cuerpo y los secretos.

La corderita que pide por pena

En nuestra Adaptación de Caperucita Roja no hay lobo. Camino de casa de su Nana, Amara se cruza con una corderita que llora y le pide que se salga del sendero para ayudarla a buscar algo, que es el pariente amable de lo del perro perdido. No la asusta en ningún momento: le da pena. Amara nota un apretón en la barriga y vuelve a su camino, y la corderita le reprocha que nadie se queda nunca a ayudarla.

Llega a casa con el reproche encima y sin estar segura de haber hecho bien. Se lo cuenta entero a su Nana, la duda incluida. Nana no la interroga ni le pregunta si estaba segura: le dice que entiende que le duela, y que ese pellizco era su cuerpo cuidándola.

Esa es la parte que se nos olvida a los adultos. Lo que un niño recibe al contar algo es lo que le enseña si merece la pena volver a contarlo.

El cuento no va del adulto conocido, que es donde está el riesgo de verdad. Va de la pena como palanca y de lo que pasa después, cuando lo cuenta. Y en la vida real el aviso de la barriga a veces no llega, así que la conversación es más útil por el final que por el pellizco.

Es para cuatro y cinco años, y al terminarlo la pregunta que más da de sí es qué le habría dicho él a la corderita.

Adaptación de Caperucita Roja

Adaptación de Caperucita Roja

El pellizco que avisa · Cuando el cuerpo habla, hay que escuchar

Amara es una niña valiente que aprende a escuchar las señales de su propio cuerpo. En su camino al bosque se encuentra con una corderita que parece triste y necesita ayuda, poniéndola ante el gran reto de confiar en su instinto corporal por encima de la compasión social. Pero la historia no termina con la decisión: termina con el relato, con la confianza de contárselo a alguien.

Leer este cuento infantil en la app de Semillita

En el próximo post: por qué nuestra Caperucita no tiene lobo, y qué gana un cuento de prevención cuando deja de dar miedo.

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