La semana pasada estaba feliz, correteando descalzo por las tardes largas de las vacaciones. Y de repente se ha vuelto pegajoso, llora por cosas que antes no le importaban y el domingo por la noche, sin venir a cuento, le duele la tripa. No ha dicho "tengo miedo de volver al cole". A su edad no tiene esas palabras todavía. Pero algo se le ha movido por dentro.
La vuelta al cole se suele tratar como un asunto logístico: madrugones, uniformes, recuperar horarios. Y lo es. Pero por debajo de eso hay otra cosa que el niño carga sin saber nombrarla, y que conviene no pasar por alto.
Lo que todavía no sabe decir
Un niño pequeño rara vez explica que está ansioso por un cambio. Lo siente, sin duda, pero todavía no tiene el lenguaje para ponerle nombre a eso que nota en el pecho o en la tripa. Así que lo saca por donde puede: por el cuerpo y por la conducta.
Eso es justo lo que ven a menudo las familias y los educadores en estas semanas. Los niños pueden expresar el estrés a través de síntomas físicos como dolores de tripa o de cabeza, negarse a dormir sin un adulto cerca, tener pesadillas recurrentes, y buscar más cercanía y consuelo de sus cuidadores. A veces aparecen también pequeñas regresiones en cosas que parecían superadas, o más rabietas de lo habitual.
Y lo primero que ayuda saber es que casi nada de esto es alarmante. La mayoría de los niños atraviesan esta fase sin grandes dificultades, y muchos viven episodios breves de inquietud ante situaciones nuevas, como el inicio de un curso escolar. Es el peaje normal de una transición, no una señal de que algo vaya mal.
Por qué el regreso pesa
No es solo que se acabe la libertad de las vacaciones. Para un niño pequeño se juntan varias cosas a la vez:
La separación. Volver al cole significa separarse de nuevo, después de semanas de tenerte mucho más cerca. Los niños a los que ya les cuesta un poco separarse ven cómo su ansiedad se dispara en momentos de estrés o transición, y el inicio del curso es especialmente difícil cuando se entra en un año de cambio.
La incertidumbre. Profe nuevo, clase nueva, quizá amigos que ya no están. También resulta estresante si cambia el sistema de apoyo social del niño, por ejemplo si un buen amigo se ha mudado o le ha tocado otro profesor. Para alguien que vive muy en el presente, no saber qué va a encontrarse pesa más que para nosotros.
Y si además el cole es nuevo. Estrenar centro no es una vuelta, es un cambio grande: se mueve todo a la vez, el edificio, las caras, las rutinas y a menudo también los amigos. Se parece más a lo que ocurre con una mudanza o la llegada de un hermano que a un inicio de curso corriente, y conviene darle ese peso: más anticipación, más días de margen y menos prisa por que "ya se haya adaptado".
El propio anticipar. A veces lo que inquieta no es el cole en sí, sino la víspera: ese domingo por la noche en que el cuerpo ya sabe que mañana cambia todo.
Ni minimizar ni dramatizar
Aquí es donde se juega casi todo, y donde es fácil resbalar hacia uno de los dos lados. Si quitamos importancia a lo que siente ("no es para tanto, si el cole te encanta"), el niño recibe el mensaje de que su emoción no cuenta, y aprende a guardársela en vez de traerla. Si vamos al otro extremo y lo rodeamos de preocupación y caras largas, le confirmamos sin querer que efectivamente hay algo que temer.
El punto medio es más sencillo de lo que parece: reconocer lo que siente y, a la vez, transmitirle confianza en que podrá. Algo así como "ya sé que volver cuesta un poco y que echas de menos las mañanas en casa; es normal, y yo sé que vas a estar bien". Eso es, de hecho, lo que recomiendan los especialistas: el objetivo de los padres es ser un apoyo sin agravar las preocupaciones del niño.
Qué ayuda de verdad
Anticipar lo que viene. Contarle con calma qué va a pasar, cuándo y quién estará, le quita filo a la incertidumbre. Si es posible, ayuda mucho que pueda conocer al profesor o ver el aula antes del primer día caótico, cuando estén ya todos los niños.
Recuperar las rutinas antes del primer día. Volver poco a poco a los horarios reduce el número de cosas que cambian de golpe. Si vienes de unas vacaciones con todo descolocado, te puede servir lo que contamos en Verano y rutinas: ¿hay que mantener los horarios en vacaciones?.
Tener un punto fijo en el día. Un pequeño reencuentro garantizado —la merienda juntos, el rato de contarse cómo ha ido— le da algo estable a lo que agarrarse mientras todo lo demás es nuevo.

Darle tiempo. La mayoría de estas inquietudes se diluyen en las primeras semanas, según el niño se va sintiendo seguro en el sitio nuevo.
Cuándo mirar con más atención
Casi todo esto se resuelve solo. Pero conviene saber dónde está la línea. Si la ansiedad de separación persiste más allá del periodo normal de adaptación, que suele ser unas pocas semanas, o se prolonga más de un mes, o interfiere de forma clara con el día a día del niño, su desarrollo o la vida familiar, puede merecer una mirada más atenta. En ese caso, hablar con el pediatra o con el equipo del cole es lo razonable.
Y un apunte de honestidad con los síntomas físicos: el dolor de tripa o de cabeza encaja con el estrés, pero no es automáticamente emocional. No conviene dar por hecho que estas molestias son siempre ansiedad sin comentarlo con un médico, porque también pueden indicar otras cosas. Acompañar la emoción y descartar lo físico no se excluyen.
Un cuento para nombrar lo que pesa
A veces lo que un niño no sabe decir lo entiende mejor dentro de una historia. En El corazón que me dibujó mamá, un niño al que le cuesta separarse encuentra una forma muy concreta de llevarse a su madre consigo: un corazón dibujado en la mano que sigue ahí aunque ella no esté delante. Es una manera de decirle algo que a su edad cuesta entender en abstracto —que el vínculo no se rompe cuando os separáis—, y funciona igual de bien la víspera del primer día que en la puerta del cole.

El corazón que me dibujó mamá
Un regalo que cabe en la mano
Osito y su madre, Mamosa, llegan a la escuela infantil en un día frío. El ruido y el entorno nuevo resultan abrumadores para Osito, que siente angustia al separarse y se aferra al abrigo de su mamá. Mamosa, con mucha ternura, le dibuja un corazón rojo en la palma de la mano y le da un beso encima. Ese pequeño gesto se convierte en una herramienta que Osito usa durante el día para encontrar calma y atreverse a jugar.
Leer este cuento infantil en la app de SemillitaCon esto cerramos el recorrido por las transiciones del calendario: el fin de curso, las vacaciones y la vuelta. Todas comparten la misma lógica: las circunstancias cambian, y lo que de verdad sostiene al niño es seguir teniendo a alguien cerca y algún punto fijo al que agarrarse, aunque el resto se mueva.




