Esta reflexión la compartí primero con los suscriptores de la newsletter el 7 de mayo de 2026. Si quieres recibirlas antes que nadie, suscríbete aquí.
El otro día iba con prisa. Aparqué, apagué el coche y subí yo las ventanillas, como hago siempre antes de bajarme, para asegurarme de que queda bien cerrado. Mi hijo pequeño, atrás, desde su sillita, se puso a llorar repitiendo "yo quería… yo quería…" sin terminar la frase. Yo, sin mirarle, casi sin parar: "venga, vamos".
Cuando me enteré de lo que estaba pasando, llevaba un buen rato llorando. Y para entonces el llanto ya no era por la ventanilla.
Lo que estaba pasando, y yo no veía
Lo que él quería era subirla él. Era una de esas cosas suyas de las que no me había enterado todavía: estaba en plena fase de "yo solito", afirmándose a través de gestos pequeños. Para él, subir esa ventanilla con su mano era importante por una razón muy concreta — lo estaba aprendiendo a hacer solo, y yo, sin enterarme, no le había dado la oportunidad.
Pero ese era solo el principio del problema. Yo estaba mirando el reloj, y un adulto que mira el reloj no está mirando al niño. El peque lo nota antes de saber nombrarlo: lo nota cuando hablas sin mirarle, en el "venga, vamos" sin pausa.
Y a partir de ahí, lo que está llorando cambia. Ya no es la ventanilla. Es que estoy a su lado sin estar.
Por qué la prisa rompe casi todo
A un peque pequeño, su cerebro todavía en construcción no le permite calmarse solo cuando una emoción se desborda. Lo que necesita en esos momentos es prestarse el cerebro adulto de quien tiene cerca — se llama co-regulación, y básicamente significa que tu calma se le contagia porque la suya está aún por construir. Si quieres ir al detalle de qué pasa dentro de su cabeza, lo cuento en el artículo sobre qué ocurre en el cerebro durante una rabieta.
Pero esa calma adulta se cae con algo muy concreto: la prisa.
Cuando llevo prisa, mi voz va más rápida y mi mirada está dos pasos por delante, fuera del coche, ya en lo siguiente. En ese estado no soy capaz de prestarle a mi hijo la calma que él necesita, porque yo mismo no la tengo.
Y es un poco absurdo: la prisa enciende la rabieta y, a la vez, es lo que me deja sin recursos para acompañarla. Por eso tantas tormentas estallan en las transiciones —al salir de casa, al salir del parque cuando ya vamos tarde—. La prisa no las causa exactamente, pero las empeora.
Treinta segundos, o no
Aquel día, si me hubiera bajado del coche, agachado a su altura y dicho "ya sé, querías subirla tú, no me he dado cuenta", habríamos tardado treinta segundos en salir de la situación. Lo que tardamos fue bastante más. No sé si veinte minutos, no llevaba el cronómetro, pero se me hizo eterno. Lo que sé es que no fue porque mi hijo fuera más difícil ese día. Fue porque yo, por ahorrarme treinta segundos, dejé de acompañarle.
El cuento La Casa de la Calma cuenta esto mismo desde el otro lado. Lobito sopla y rompe cosas no porque sea malo, sino porque debajo del soplido hay un peque queriendo pertenecer y nadie se ha agachado a verlo. La historia no le pide al lobo que sople menos. Le pide al mundo que pare un segundo y le pregunte qué necesita.

Adaptación de Los tres cerditos
La Casa de la Calma · Donde los soplidos no asustan
Lobito llega al parque con muchas ganas de jugar. Los otros niños están tan absortos en sus propias construcciones que no lo ven. Cuando su frustración se hace demasiado grande, Lobito sopla —y las cosas se rompen. Pero cuando por fin llora, algo cambia: los demás se acercan. Y resulta que todos estaban, de alguna manera, solos.
Leer este cuento infantil en la app de SemillitaLo que voy aprendiendo (despacio)
No siempre voy a poder. Habrá días en que la prisa sea real y no me dé cuenta hasta que ya esté el llanto. Y todavía hoy me sale el "venga, vamos" sin pensar, antes de girarme a mirarle. Saber esto que acabo de contar no me lo quita de repente, pero el aviso me salta con más frecuencia, y eso ayuda.
Cuando lo recuerdo a tiempo —cuando me bajo del coche y me agacho a su altura— la cosa se calma antes. No siempre se resuelve rápido, pero al menos los dos sabemos que el otro está y, sobre todo, él sabe que quiero entenderlo.
Un abrazo,
Adrián

