Por qué nuestra Caperucita no es un cuento de miedo

Mujer leyendo un cuento en voz alta con una niña de unos cinco años apoyada en ella, que escucha tranquila, fotografía natural

Llegas a la página en la que el lobo se come a la abuela y haces una pausa muy corta, de medio segundo, para decidir si lo lees tal cual. Tu hija tiene cuatro años y está pegada a ti. Al final lo suavizas un poco, o lo lees entero y después le dices que es un cuento y que no pasa nada.

Esa pausa la hemos hecho todos.

La primera decisión que tomamos al adaptar Caperucita Roja fue sacar al lobo del texto. Un lobo le pone al peligro una cara muy concreta, y esa cara es la que el niño aprende a buscar.

Lo que enseña un lobo

Un lobo es un villano cómodo. Se reconoce al instante y no se parece a nadie de casa. Un niño de cuatro años entiende esa figura a la primera, y lo que retiene de ella se parece más a un retrato robot que a una regla de conducta.

La guía de KidsHealth (Nemours) sobre cómo hablar con los niños de las personas que no conocen avisa justo de eso: la mayoría de quienes hacen daño a un niño tienen un aspecto de lo más normal y muchos se esfuerzan por parecer amables y de fiar, así que conviene enseñarle a juzgar a la gente por lo que hace y no por su pinta. Esa misma guía dice algo más, y es lo que ahorra tener que clasificar a la gente: el mismo criterio se aplica si quien pide es un desconocido, un familiar o un amigo, y lo dice justo para las peticiones que más importan, las de guardar un secreto o tocar las partes privadas.

La Academia Americana de Pediatría, al hablar de prevención del abuso sexual infantil, apunta por qué eso importa tanto: quien abusa de un niño suele ser alguien a quien el niño ya conoce, de la familia o del entorno cercano, y en quien los adultos de casa confían.

Un cuento de prevención con lobo cubre solo la mitad fácil. Enseña a desconfiar de una cara, y las peticiones difíciles casi nunca llegan con esa cara.

Por eso quien pide es una corderita que llora

En nuestra Adaptación de Caperucita Roja, Amara va camino de casa de su Nana y se encuentra a una corderita llorando sobre una raíz. No la amenaza ni la persigue. Le dice que se le ha caído su bolsita de deseos detrás de unos arbustos, que es demasiado pequeña para alcanzarla y que nadie se para nunca a ayudarla.

Todo lo que hace la corderita es dar pena. Y pedirle que se salga del sendero.

La guía de KidsHealth usa como ejemplo al adulto que le pide a un niño ayuda para buscar un perro perdido, y ahí el mecanismo es el mismo: una petición pequeña envuelta en algo que activa las ganas de ayudar. Negarse a eso le pide al niño algo que negarse a un susto no le pide, que es cargar él con sentirse mal. Lo contamos con más detalle al hablar de enseñarle a decir que no a un adulto.

El final no le da la razón

Niño de unos cuatro años contándole algo a un hombre sentado con él a la mesa de la cocina, que le escucha con atención, fotografía natural

En el cuento clásico el peligro acaba confirmándose sin margen de duda: el lobo se come a la abuela. La historia trae la prueba dentro.

En el nuestro no ocurre nada. Amara nota el pellizco en la barriga, se da la vuelta y vuelve al sendero con el reproche de la corderita a la espalda: «¡Como hacen todos! ¡Nadie se queda a ayudarme nunca!». Llega a casa de Nana sin saber si ha hecho bien, y lo primero que pregunta es si la corderita necesitaba ayuda de verdad.

Nana no le contesta que había un lobo escondido. Le dice que entiende que le duela haberla dejado, que la acababa de conocer y le pedía irse lejos de su camino, y que ese pellizco era su cuerpo cuidándola. «Cuando lo sientas, puedes parar. Siempre».

Un cuento que confirma el peligro al final se lee mejor, y a cambio deja puesta una idea que no queremos: que hace falta que pase algo para que volverse atrás estuviera justificado. La guía de KidsHealth va por el lado contrario y recomienda animar a los niños a fiarse de esa incomodidad aunque no sepan explicar de dónde sale.

Por eso el cuento se queda en la duda y deja que la resuelva Nana, sin enseñar ninguna prueba.

Si señala la sombra y pregunta qué era

La va a ver. En la página en la que Amara se lleva la mano a la barriga hay, al fondo y entre la maleza, una silueta oscura con los ojos amarillos. Amara no la mira en ningún momento, y el texto tampoco la nombra: la palabra «lobo» no aparece en ninguna de las diecinueve páginas. Está ahí solo para quien lee.

Cuando la señale, lo que más da de sí es devolverle la pregunta antes de confirmarle nada: Amara nunca la vio, ¿hizo bien en volverse aunque allí no hubiera habido nada?

Ahí está el cuento entero. La sombra se queda por eso, aunque le dé al lector la confirmación que a Amara se le niega y le reste algo de fuerza al argumento.

Lo que este cuento no cubre

La corderita es alguien a quien Amara acaba de conocer, y buena parte del riesgo está en la persona conocida y querida. El cuento no entra ahí, y ningún cuento lo va a cubrir entero.

El pellizco en la barriga tampoco funciona como detector. Con alguien de confianza muchas veces no salta ningún aviso y todo parece un juego, así que las reglas de casa no pueden depender de lo que el niño sienta en ese momento. Y al revés: ese apretón lo nota por muchas cosas que no tienen nada de malo, desde la vacuna hasta el primer día con una canguro nueva. Por eso en casa conviene que signifique «para y cuéntamelo», y no «vete de ahí».

Los nombres del cuerpo, qué partes son privadas, qué secretos no se guardan y qué hacer el día que venga a contarte algo van aparte, y los contamos al hablar del cuerpo y los secretos. De todo eso, lo que más revelaciones desbloquea es la frase más corta: que contarlo no le va a meter en ningún lío.

Y si un día no consigue decir que no, no es culpa suya. Bloquearse o quedarse quieto es una reacción muy común a esa edad, y también entre adultos. Protegerle es trabajo de los adultos que le cuidan, y ninguna frase de un cuento convierte a un niño de cuatro años en el responsable de protegerse.

Cómo leerlo en casa

Es para cuatro y cinco años, y la parte que más rinde llega al terminar, con dos preguntas.

La primera, sobre la duda de Amara: ¿tú qué le habrías dicho a la corderita? Lo normal es que conteste que la habría ayudado, y esa respuesta no hay que corregirla. Ayudar está bien. Lo que no se hace es irse de donde estás sin decírselo a quien te cuida, y esa frase se entiende mucho mejor con la corderita delante que en abstracto.

La segunda, sobre el final: ¿a quién se lo contarías tú? Que ponga nombres, dos o tres. Esa lista, y saber que puede usarla aunque alguien le haya pedido que no cuente nada, es lo que se lleva puesto al cerrar el libro, y sirve igual el día que no haya libro.

Adaptación de Caperucita Roja

Adaptación de Caperucita Roja

El pellizco que avisa · Cuando el cuerpo habla, hay que escuchar

Amara es una niña valiente que aprende a escuchar las señales de su propio cuerpo. En su camino al bosque se encuentra con una corderita que parece triste y necesita ayuda, poniéndola ante el gran reto de confiar en su instinto corporal por encima de la compasión social. Pero la historia no termina con la decisión: termina con el relato, con la confianza de contárselo a alguien.

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