

Jugar juntos, poquito a poco
Pompón está en el arenero con su camión rojo, haciendo rum-rum mientras lleva y vuelca arena una y otra vez. El suyo es un juego completo, tranquilo, feliz. Entonces llega Yarena, con sus ojos verdes, y pone la mano encima del camión. Pompón lo aprieta: «¡Mío!». Mamá Cerda aparece un momento, deja algo amarillo en la arena, y se aleja. A partir de ahí, los dos peques están en el mismo arenero, cada uno a lo suyo, observándose de reojo — hasta que algo inesperado pone a los dos empujando el camión juntos.
En torno a los dos o tres años, los niños y las niñas no están «siendo egoístas» cuando gritan «¡Mío!»: están expresando que sus cosas son parte de ellos mismos. Este cuento no les pide que superen eso ni que compartan antes de estar listos. En cambio, muestra algo que sí pueden hacer solos: estar cerca del otro, observar, y descubrir que hay formas de acercarse que nadie les ha enseñado. El gesto final de Pompón no es el resultado de una norma que ha aprendido, sino algo que le sale de dentro, sin que él mismo lo entienda del todo. Ese es el tipo de conexión que los educadores podemos cuidar dejando espacio — sin empujar, sin resolver, sin explicar demasiado pronto.
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