

Un viaje sin pantallas
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Una tarde de lluvia, una tormenta deja a Nora sin luz y sin internet. Su pantalla se apaga de golpe y, por primera vez en toda la tarde, no hay nada que la entretenga desde fuera. Nora deambula, se queja, cuenta baldosas, se cuelga del sofá boca abajo… hasta que, en un rincón, sus ojos se posan en una caja de cartón vieja y unos rotuladores que llevaba siglos sin usar.
Este cuento propone algo poco habitual: tratar el aburrimiento como un buen punto de partida en lugar de como un problema que hay que apagar cuanto antes. No habla mal de las pantallas ni pide renunciar a ellas; muestra qué hay al otro lado de una tarde sin ellas y, al final, cómo una misma pantalla puede pasar de tenernos absortos a estar al servicio de nuestro juego. La clave está en el ritmo: durante varias páginas «no pasa nada», y ese vacío es justo lo que necesita Nora para que su imaginación se ponga en marcha. Para las familias, la invitación es sencilla y poderosa: no llenar cada hueco de inmediato. Si dejamos que el aburrimiento dure un poco, a menudo el niño o la niña encuentra solo el camino hacia su propio juego.
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