Hasta hace unos meses se comía lo que le pusieras. Ahora aparta el plato en cuanto ve algo que no reconoce, y lo aparta antes de tocarlo, a veces incluso antes de olerlo. Tú acabas cocinando dos cenas: la de la familia y las cuatro cosas que él sí acepta.
Y encima alguien te ha dicho que si le das otra cosa, lo estás malacostumbrando.
Esto va sobre todo de niños de dos a seis años, que es cuando aprieta.
Le pasa a casi todos y tiene nombre
Se llama neofobia alimentaria: el rechazo a los alimentos nuevos, a los que no reconoce. Merece la pena fijarse en esa palabra, porque cambia bastante el asunto. Tu hijo no ha dejado de comer: sigue comiendo, y a veces bastante, lo que ya tiene fichado. Lo que rechaza es lo desconocido.
Suele asomar hacia el año y medio o los dos años, aprieta entre los dos y los cinco o seis, y va aflojando después. Le pasa a muchísimos niños y coincide con la edad en la que el niño empieza a moverse solo por la casa y a llevarse cosas a la boca, así que se suele leer como un filtro de precaución que aparece justo cuando hace falta. Es una interpretación que encaja bien; no está demostrada, y para lo que tienes que hacer mañana tampoco cambia nada.
Encima de la etapa hay otra capa, que es el carácter. Algunos niños vienen más abiertos a lo nuevo y otros más prudentes, en la comida y en todo lo demás, y eso ya estaba ahí antes de que tú hicieras nada. Por eso dos hermanos criados en la misma cocina pueden salir completamente distintos.
Las dos cosas juntas son la respuesta a lo de malacostumbrarlo: la etapa se le pasará y el carácter no se lo has dado tú. Lo que sí puedes hacer es acompañarla, que es de lo que va el resto del artículo. Lo que no funciona es intentar acelerarla a base de insistir.
Probar no significa comer
Aquí es donde la mesa se relaja de verdad. Damos por hecho que el objetivo es que se lo trague, y con eso nos saltamos todo lo que viene antes.
Verlo en la mesa varias veces. Verte comerlo a ti. Aguantarlo en su plato sin apartarlo. Tocarlo, olerlo, chuparlo, morderlo y escupirlo. Todo eso ya es acercarse. No es una escalera que haya que subir en orden, y los niños se saltan peldaños y vuelven atrás continuamente. Mirar solo el bocado deja fuera casi todo lo que sí está pasando, como si diéramos por perdido un idioma porque el niño todavía no dice frases.

Qué poner en la mesa esta noche
Lo nuevo, en pequeño y al lado de lo que sí come. Un plato entero de cosas desconocidas es una encerrona; un plato con lo de siempre y una novedad pequeña en un rincón, no. Tener garantizado que va a comer algo es lo que le deja acercarse a lo demás.
Sin anunciarlo y sin mirarle de reojo. Ni «prueba un poquito» ni «¿ves qué rico?» ni cara de expectativa. Solo está ahí, otra vez, como estuvo el martes. Esto es más difícil de lo que parece, porque lo que te sale es mirar.
Las dos cenas, en la misma mesa. Si le cocinas aparte, que al menos coincida: su pasta y vuestras lentejas a la vez y a la vista. Lo caro no es cocinar dos cosas, es que su cena viva en otro horario y en otra habitación, porque entonces deja de ver comida nueva delante. Cocinar aparte con la mesa compartida sigue sirviendo.
Si apenas ha tocado la cena, la cena se acaba igual. Sin cocinarle un segundo plato a las nueve y media y sin negociar un yogur, pero también sin drama. La siguiente comida llega a su hora, no cinco minutos después como premio de consolación. Tú decides qué se pone y cuándo; cuánto de eso entra lo decide él. Y si tu hijo es pequeño, come muy poco o te preocupa su peso, esto es de lo primero que conviene hablar con el pediatra antes de sostenerlo.
Y con lo que sobra, sé realista. Ofrecer muchas veces sale caro si cada noche tiras un plato entero. Pon una cantidad ridícula: un trocito, media cucharada. Lo que cuenta es que esté delante, no cuánto haya, y así el desperdicio es asumible.
Lo que suele complicarlo
Una precisión antes de la lista, porque es fácil salir de aquí con la culpa puesta: casi nadie hace estas cosas por gusto. Se hacen porque el niño no come y uno se desespera, así que en muchas casas la presión es tanto una consecuencia del problema como una causa. Dicho eso, son las que más lo enquistan.
El postre como moneda. «Si te comes tres trozos, hay yogur.» Funciona esa noche, y a la larga suele reforzar la idea de que lo verde es el peaje y el yogur el premio. Con matices: premiar con algo que no sea comida —una pegatina, un juego— por probar sin obligación de tragar sí parece funcionar en algunos niños. Lo que se lleva mal es pagar comida con comida.
Comer para contentar a alguien. «Uno por mamá, uno por la abuela.» Deja de tener que ver con su cuerpo y pasa a ser una prueba de afecto.
Insistir cuando ya ha dicho que no. Cada vuelta a la carga sube la tensión de la mesa, y la tensión acaba pegándose al alimento discutido. Se parece bastante a lo que pasa con el pañal: meter prisa desde fuera suele retrasar justo aquello que se quiere adelantar.
Que la mesa entera opine. Tú puedes callarte, pero si hay tres adultos comentando lo que come, el efecto es el mismo. Esto se habla antes, con los adultos y sin él delante, porque es la parte que no depende de tu técnica sino de un acuerdo.
Lo que ayuda a la larga
Que te vea comerlo. Sin ceremonia y sin mirarle esperando reacción. Es de lo más lento que hay y de lo que más se repite en las casas donde acaba ampliando.
Sacarlo de la mesa. Lavar, pelar, partir, llevar la fuente. Es plan de fin de semana, no de un martes a las nueve, y un alimento que ha manoseado en la cocina llega al plato siendo menos extraño.
Dejar que se sirva él. Aunque se ponga dos guisantes. Servirse es una decisión suya, y lo que decide él no tiene que defenderlo.
Repetir sin llevar la cuenta. Hará falta ofrecerlo muchas veces, más de las que cualquiera diría: piensa en semanas y no en intentos. El número exacto que circula por ahí no significa gran cosa, porque cambia con cada niño y cada alimento.
Cuidar la etiqueta. «Este no come nada» dicho delante de él acaba siendo su descripción de sí mismo, y luego cuesta moverla.
Cuándo mirar más de cerca
La neofobia típica es aparatosa y va a su bola, pero el niño come suficiente y crece bien. Merece comentarlo con el pediatra si ves alguna de estas cosas:
- La lista de lo que acepta se va acortando con los meses en lugar de crecer. Si la escribes contando a lo ancho (cada fruta, cada forma de pasta) y aun así sale muy corta, cuéntaselo al pediatra.
- Ha eliminado grupos enteros: ninguna fruta, nada de carne ni pescado ni huevo ni legumbre.
- No gana peso, ha dejado de crecer al ritmo que llevaba, o le notas cansancio, palidez o estreñimiento persistente.
- Tiene arcadas repetidas con muchos alimentos, se atraganta o le duele al comer.
- El rechazo empezó de golpe después de un atragantamiento o un vómito concretos.
- La comida le genera angustia de verdad, o las comidas son una batalla diaria que os ha cambiado la vida familiar.
- Coincide con lenguaje que no arranca, con poco interés por otros niños o con sensibilidades fuertes fuera de la mesa.
Estas cosas están en la lista porque algunas sí pueden significar que hay algo más. Pedir cita no quiere decir que lo haya: quiere decir que hay cosas que solo se ven pesando, midiendo y explorando, y eso desde casa no se hace.
Un cuento donde nadie le pide que coma
Entre nuestros cuentos hay uno que va justo de esto. En El Crujido Verde, Nube está comiendo su puré de siempre cuando su madre le deja al lado un palito verde que no ha visto nunca. Nube lo aparta con la patita y gira la cara.
Lo interesante es lo que hace la madre, que es casi nada. No insiste, no explica lo sano que es y no le pide que lo pruebe. Coge el palito, lo mira como si fuera un hallazgo raro y le propone otra cosa: tocarlo, olerlo y escucharlo. El puré de siempre sigue ahí al lado, calentito, todo el rato.
Y ojo con una cosa, porque es la trampa de leer esto en un cuento: ahí cabe en cinco minutos lo que en una cocina de verdad son meses. Proponer un juego con el alimento funciona cuando no hay nada en juego; el día que lo propongas esperando que acabe comiendo, tu hijo lo va a notar y estaremos otra vez en la negociación.
Es para peques de dos y tres años. Se lee sin convertirlo en un recado sobre la cena.

El Crujido Verde
Aventuras en el plato
Nube, una conejita pequeña, come feliz su puré blanco de siempre hasta que Mamá Coneja deja junto a su cuenco un palito de pepino verde. Al principio Nube lo aparta, con las orejas bajas: es algo nuevo y le da un poco de reparo. Mamá no insiste ni la obliga; en vez de eso, le propone un juego: «¿Jugamos a exploradoras?». Juntas tocan el palito, lo huelen y escuchan su «¡Cruc!». Poco a poco, y por decisión propia, Nube se anima a darle un mordisco y descubre que el crujido suena dentro de su boca y le hace muchísima gracia.
Leer este cuento infantil en la app de SemillitaEn el próximo post: qué hacer cuando se le cae la torre justo antes de terminarla y lo tira todo de un manotazo.




