Tu hijo te enseña el dibujo por tercera vez en diez minutos. «¿Te gusta?». Le dices que sí, que es precioso, que algún día será artista. Lo mira, lo deja sobre la mesa y a los dos minutos vuelve: «¿Pero te gusta mucho?».
A menudo esa segunda pregunta no va del dibujo, sino de si lo estás mirando. Y subir el volumen del elogio no suele ser lo que más le ayuda.
Lo que se ha medido, y en quién
De los tres estudios que citamos, dos son con niños de 7 a 12 años y solo uno incluye niños pequeños.
Elogio desmedido. Es el que sube la nota de lo que has visto: «increíble», «perfecto», «el mejor». En un seguimiento con 120 familias holandesas y niños de 7 a 11 años, los padres que elogiaban así tenían, con el tiempo, hijos con peor autoestima. El elogio ajustado a lo que el niño había hecho no tuvo relación con nada, ni buena ni mala. Los autores proponen que el elogio desmedido pone un listón que el niño siente que no puede sostener (Brummelman y colaboradores, 2017).
Cariño. En otro, con 565 niños de 7 a 12 años, la autoestima fue de la mano del cariño de los padres. Este estudio no midió elogios sino la visión que los padres tenían de sus hijos: cuando era inflada, los niños acababan con más narcisismo, es decir, con ese «soy superior a los demás» (Brummelman y colaboradores, 2015).
Esfuerzo. Es el de los pequeños, con 53 familias y niños de 14 a 38 meses. No midió autoestima sino lo que el niño cree sobre si puede mejorar. A los 7 u 8 años, creían más que se puede mejorar los hijos de padres que habían elogiado su esfuerzo. Elogiar cómo eran («qué listo eres») no se relacionó con pensar que no se puede mejorar (Gunderson y colaboradores, 2013).
Los tres siguieron a familias sin cambiar nada: muestran que las cosas van juntas, no que una cause la otra.
Lo que sale de ahí es modesto: elogiar con normalidad no tuvo efecto en estos estudios, y lo que sí fue con mejor autoestima fue el cariño. Un «qué bonito» o un «eres artista» dicho con cariño no parece entrar en lo desmedido. Si es tu frase de cada día, no hace falta dejarla: añade lo que ves, que es lo que sigue.
Qué decir en lugar del «eres genial»

No hace falta dejar de elogiar. Estas ideas son práctica habitual y no resultado medido, salvo la tercera, que se apoya en el estudio con los pequeños. Puede ayudar repartir el elogio de otra manera:
Di lo que ves. «Has puesto el sol enorme y la casa pequeñita.» Así nota que lo has mirado de verdad, que es lo que a menudo busca cuando pregunta «¿te gusta?».
Pregunta en vez de evaluar. «¿Cómo se te ocurrió esto?», «¿Qué es lo que más te gusta a ti?». La idea es que el juicio quede en sus manos y vaya aprendiendo a mirar su propio trabajo. A muchos niños de dos o tres años la pregunta les queda grande, y entonces basta con describir lo que ves.
Elogia lo que depende de él. El esfuerzo, la estrategia, volver a intentarlo: «Lo has probado de otra manera cuando no salía».
Si insiste, contesta que sí y añade lo que ves. «Sí, me gusta. Me encanta el amarillo que has elegido para el sol.» No tienes que evitar el sí.
Más allá de las frases
El cariño se nota más en lo que haces que en lo que dices:
Estar mientras te enseña algo. Unos minutos con la cabeza en lo que te cuenta y sin el móvil en la mano.
Quedarte aunque la cara cambie. A nadie se le queda la cara quieta cuando algo sale mal. Si se te ha puesto cara de fastidio, no hace falta disimularla: «Me ha salido cara de enfado, pero sigo aquí contigo». Ya contamos cómo acompañar cuando tiene miedo de intentar cosas nuevas.
Dejarle hacer cosas que cuentan de verdad, aunque queden peor que si las hicieras tú: poner la mesa o regar la planta.
Cuándo mirar más de cerca
Pedir aprobación una y otra vez es normal en los pequeños, igual que decir «soy tonto» o «no sé hacer nada» cuando algo no sale y ya tienen palabras para decirlo. Si lo repiten casi todos los días durante varias semanas, si evitan casi todo lo nuevo, si ninguna respuesta les basta o si los notas tristes o apagados la mayor parte del tiempo, conviene comentarlo con su pediatra, con su escuela o con un psicólogo infantil. Mira también si ha cambiado algo en casa o en la escuela, como un hermano nuevo o una mudanza.
La pregunta de la niña del pueblo
En nuestra Adaptación de La Sirenita, un cuento para niños de 6 a 8 años, Marina, que vive en el mar y canta, esconde la voz para visitar un pueblo donde nadie canta. Se le escapa un tarareo y una niña, en vez de decirle «qué bien», le pregunta: «¿Cómo hiciste eso?». Después lo prueba, bajito y sin saber bien cómo, y nadie en el cuento le dice a nadie que lo hace genial.

Adaptación de La Sirenita
Cuando lo que eres cambia el mundo de otro
Marina vive en el mar y cuando canta, el agua a su alrededor se vuelve naranja. Un día, Marina decide ir a ver el pueblo de Mateo, un niño que viene cada tarde en su bote. En ese pueblo no se canta. Pero lo que ocurre allí es algo que Marina no esperaba: alguien la escucha, y pregunta cómo se llama lo que acaba de oír.
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